Los últimos salvajes

Bilaal y yo nos cruzamos con los Dozo en la sabana del País Senoufo, al pie de las fuentes del Volta Negro. Los Dozo. El terror de las tribus de la costa. Los depredadores que durante siglos habían suministrado esclavos a los traficantes tuareg de Malí y Burkina Fasso. Era una partida de caza de una docena de hombres altos y fibrosos con las mejillas desfiguradas por los tatuajes rituales. Iban armados con machetes de hoja curva y carabinas Berthier de la época colonial. Cuando les vimos aparecer tras un recodo del sendero, los dos nos echamos a un lado para cederles el paso. Se acercaron caminando en fila india en absoluto silencio y pasaron por nuestro lado sin dirigirnos una sola mirada. Ni siquiera de eso éramos dignos. La palabra dozo significa hombre en su lengua.

     -No cultivan la tierra –murmuró Bilaal cuando se perdieron de vista-. No tienen rebaños. No viven en casas ni sacan el agua de pozos.

     -Es su forma de vida –señalé-. Son cazadores.

     Bilaal torció el gesto y se quedó mirando el tramo de sendero por el que se habían ido.

     -Ahora cazan animales –dijo-. Antes cazaban hombres.

    Asentí en silencio. No quise añadir que quizá no tardarían en volver a ello. Cuando los militares baulé se decidieran por fin a dar el golpe y se desatara el caos, los dozo se alquilarían al mejor postor para hacer lo que las fuerzas regulares no podían permitirse hacer. Y entonces más valdría no cruzárselos en la sabana. Ni en ninguna otra parte.