mercancía en desuso

En 1934 el Primer Congreso del Sindicato de Escritores de la URSS dictaminó lo siguiente acerca de James Joyce:

Sólo por tratarse de un autor prácticamente inédito y desconocido en nuestro país, Joyce despierta un interés malsano en un segmento de nuestros escritores. Dicho interés es la expresión inconsciente de las inclinaciones de los escritores derechistas que se han adaptado a la revolución pero que en realidad no comprenden su grandeza.

Cuanto más amenazada e indefensa se siente una sociedad, más feroz y despiadada se vuelve su religión. El favor perdido de los dioses sólo se recupera con sangre.

La idea de sustituir la experiencia religiosa por la experiencia estética resulta tan manifiestamente estúpida que sólo un intelectual puede llegar a tomársela en serio.

Mientras el arte aspire a representar la realidad, todo va bien. Los problemas empiezan cuando se empeña en rivalizar con ella.

La vida es un fenómeno puramente accidental sin propósito alguno. En cuanto a su sentido, no tiene más que el que nosotros, como individuos, seamos capaces de elaborar por nuestros propios medios.

Aristóteles, sobre la ira:

Todos podemos enfadarnos; es cosa fácil. Pero hacerlo con la persona adecuada, en la medida precisa, en el momento oportuno y con un propósito justo, así como de la forma correcta… Eso no resulta sencillo ni está al alcance de cualquiera.

Cuando Damien Hirst expuso en la galería Gagosian una colección de treinta y una pinturas fotorrealistas, no tuvo inconveniente en reconocer que eran obra de un equipo de más de cuarenta personas repartidas en cuatro estudios diferentes. Al preguntársele si no debería haberlas pintado él mismo, contestó: “El resultado habría sido más que cuestionable. Yo soy bastante peor pintor que cualquiera de mis empleados.”

La memoria miente, ciertamente. Pero los recuerdos son más necesarios que la verdad.

El lenguaje es el rasgo evolutivo que, definitivamente, marca la diferencia. Nos permite nada menos que implantar nuestros pensamientos en la mente de nuestro interlocutor, esto es, configurar su intelecto conforme a nuestros intereses. Ninguna otra de nuestras capacidades es más valiosa. Ni más peligrosa.

De todos los lemas de los jesuitas, el más siniestro es el que reza: Déjame a un niño hasta los siete años y te devolveré a un hombre.