mercancía en desuso

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Aristóteles, sobre la ira:

Todos podemos enfadarnos; es cosa fácil. Pero hacerlo con la persona adecuada, en la medida precisa, en el momento oportuno y con un propósito justo, así como de la forma correcta… Eso no resulta sencillo ni está al alcance de cualquiera.

Cuando Damien Hirst expuso en la galería Gagosian una colección de treinta y una pinturas fotorrealistas, no tuvo inconveniente en reconocer que eran obra de un equipo de más de cuarenta personas repartidas en cuatro estudios diferentes. Al preguntársele si no debería haberlas pintado él mismo, contestó: “El resultado habría sido más que cuestionable. Yo soy bastante peor pintor que cualquiera de mis empleados.”

Si hay una cosa que hace disfrutar a los locos es volver a quienes les rodean tan locos como ellos. Y hay que decir que acaban saliéndose con la suya más a menudo de lo que pueda pensarse. Si algo no les falta es empeño y dedicación.

En lo que se refiere a mis personajes, lo que verdaderamente les define no es quiénes son sino qué quieren. Al menos en eso nadie podrá negar que se parecen a las personas de carne y hueso.

El enemigo del laicismo no es la religión, sino el clericalismo. Esto es algo sencillo y fácil de entender para todo el mundo, a excepción de los laicistas.

Es falso que una mentira repetida cien veces se convierta finalmente en verdad. A modo de ejemplo, véase la frase La buena literatura siempre acaba por encontrar a sus lectores.

Si crees que un hombre bueno es incapaz de hacer algo malo, prueba a darle un ideal.

Gottfried Leibniz en su Teodicea:

Odia pues a Dios quien quiere otras la naturaleza, las cosas, el mundo, el presente: un hombre tal desea un Dios distinto de lo que Él es.

Quienes claman por la instauración de la guillotina se ven siempre a sí mismos en el papel de guillotinadores, no en el de guillotinados. Hacen mal. Una vez que la cuchilla empieza a funcionar, la línea que separa a unos de otros se vuelve muy borrosa. Especialmente para los imbéciles.

Es un hecho que la mayor parte de las cosas que ocurren a nuestro alrededor no tienen ninguna clase de porqué, pero todos poseemos una facilidad extraordinaria para fabular explicaciones verosímiles y bien trabadas que, si bien tienen poco que ver con la realidad, nos ayudan a crear la ilusión de que vivimos en un mundo mínimamente predecible y coherente en el que ni lo bueno ni lo malo nos sucede por azar. Somos, pues, narradores natos por una cuestión de estricta supervivencia.