mercancía en desuso

Categoría: Relatos propios

A. López-Peláez – Nothing Can the Sun Do – Chapter I

Is it true that he has abandoned us?

But whither, that he can’t return?

Has he really gone?

So insatiable is the other world?

Does it never fill up?

Sotho funeral prayer.

The light aircraft that brought me to Liberia landed at Robertsfield airport shortly after midnight. At the foot of the steps there was a petrol tanker halfway through a wheel change, and just behind, illuminated by the runway lighting, Mokhtar was waiting for me. He was wearing a cream coloured summer suit, a white silk shirt, a plain tie and a woven leather shoe on his good foot. On the other he had the usual orthopaedic one.

‘Welcome to Monrovia,’ he said, coming forward to shake my hand.

‘Thank you, Mr. Abjoupon. How are things going?’

‘Wonderfully, Toubab. The truce is a blessing.’

‘I can imagine.’

‘The Nigerian peace corps did it. They arrived without being called for and put things in order with gunfire.’

‘So I heard.’

‘As you can see,’ he added, ‘with them we don’t need white men.’

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A. López-Peláez – Awakening

I looked for the narrowest point in the gorge and took up position behind a rock. I chose well for once: I had head wind, and the course of the brook, just a dozen yards below, was the only possible way of escape. I drank water from my canteen, loaded my shotgun and waited. Shortly after, I heard the signal coming from the other end of the ravine. I adjusted the sight, went down on one knee and aimed at the brook. Then I realized: the whole surface of it was carpeted with buttercups in bloom. There was not a drop of water to be seen. Just flowers. A stream of flowers. Springtime, I thought, and right then I heard it squelch around the first bend. I took off the safety catch and breathed deeply. The steel of the trigger was hot from the sun. Blood was beating in my temples. Springtime.

A. López-Peláez – En convalecencia

La semana pasada mi hermano se compró una escopeta nueva, una Benelli semiautomática, y se empeñó en que la probásemos juntos. Hacía más de quince años que no cogía un arma y no tenía ninguna gana de volver a tirar, pero insistió tanto que no fui capaz de negarme. Al fin y al cabo, él, a su modo, también intenta arrimar el hombro para ayudarme a salir del bache. No acaba de dar con la manera, pero la intención es lo que cuenta. Eso dicen. Conque nos pasamos una tarde entera en su finca, disparando desde el hombro, sin apoyo y a pulso. Lo hice mal, pero no tanto como esperaba. Incluso me las arreglé para tumbar un par de blancos a más de treinta pasos.

      -Deberías volver a cazar –dijo mi hermano al terminarse la munición-. Seguro que te animaría.

      -No veo por qué.

      -Matar para sentirse vivo. Eso siempre funciona.

      -Funcionaba. Al principio. Pero acabó llegando un momento en que matar me hacía sentir cada vez más muerto.

      Mi hermano me miró extrañado y se encogió de hombros. Ni lo entendía ni lo quería entender. Yo le devolví la escopeta y me puse a recoger los cartuchos del suelo. Había casi dos docenas, de manera que me llevó un buen rato. Él no me ayudó. Se quedó a la sombra de un roble, limpiando el arma con todo cuidado. Cuando terminé, se acercó y me tendió la cantimplora. Bebí un sorbo de agua y me limpié la cara y las manos. Después cogimos las mochilas y nos pusimos en camino en dirección a la alquería con el sol empezando ya a caer a nuestra espalda.

      -Dices que has cambiado después de lo que te pasó –comentó mi hermano sin aflojar el paso.

      -De arriba abajo.

      -Que ya no ves las cosas de la misma manera.

      -Es cierto.

      -Vuelve a cazar entonces. Deja de mirarte el ombligo y haz algo que te cueste. Que te desgaste. Que te ponga a prueba.

      -No insistas –dije-. Eso se acabó.

      Mi hermano hizo ademán de añadir algo más, pero se lo pensó mejor y se quedó callado. No volvió a abrir la boca en todo el camino de vuelta. Ni siquiera cuando una liebre cruzó el camino como una exhalación a no más de veinte metros. Fingió no verla. Igual que yo.

                                  

 

Al llegar a casa me fui derecho al trastero y saqué mi escopeta de detrás de un montón de botes de pintura y barniz. Salí con ella a la terraza y me pasé cerca de una hora limpiando el cañón, engrasando la báscula y comprobando que la culata no tenía holguras. Luego la dejé de pie en una esquina del salón, apoyada en la pila de cuadros que aún no he sido capaz de colgar en la pared. Ahí sigue. La veo todos los días a la hora de comer. El sol le da de lleno. Está empezando a coger polvo. No soy capaz de decidir qué hacer. He cambiado, sí. La cuestión es cuánto. Hasta qué punto. En quién exactamente me he convertido.

A. López-Peláez – Los últimos salvajes

Bilaal y yo nos cruzamos con los Dozo en la sabana del País Senoufo, al pie de las fuentes del Volta Negro. Los Dozo. El terror de las tribus de la costa. Los depredadores que durante siglos habían suministrado esclavos a los traficantes tuareg de Malí y Burkina Fasso. Era una partida de caza de una docena de hombres altos y fibrosos con las mejillas desfiguradas por los tatuajes rituales. Iban armados con machetes de hoja curva y carabinas Berthier de la época colonial. Cuando les vimos aparecer tras un recodo del sendero, los dos nos echamos a un lado para cederles el paso. Se acercaron caminando en fila india en absoluto silencio y pasaron por nuestro lado sin dirigirnos una sola mirada. Ni siquiera de eso éramos dignos. La palabra dozo significa hombre en su lengua.

            -No cultivan la tierra –murmuró Bilaal cuando se perdieron de vista-. No tienen rebaños. No viven en casas ni sacan el agua de pozos.

            -Es su forma de vida –señalé-. Son cazadores.

            Bilaal torció el gesto y se quedó mirando el tramo de sendero por el que se habían ido.

            -Ahora cazan animales –dijo-. Antes cazaban hombres.

            Asentí en silencio. No quise añadir que quizá no tardarían en volver a ello. Cuando los militares baulé se decidieran por fin a dar el golpe y se desatara el caos, los dozo se alquilarían al mejor postor para hacer lo que las fuerzas regulares no podían permitirse hacer. Y entonces más valdría no cruzárselos en la sabana. Ni en ninguna otra parte.

A. López-Peláez – Noviembre Cruel

Me lo dijeron cuando volví a casa, ya de noche cerrada. Lo habían encontrado junto al arroyo, no muy lejos de los establos. Nadie sabía qué hacer con él, de manera que lo habían dejado allí a la espera de que yo llegara y decidiera. Conque me puse las botas, llamé al capataz y le pedí que me llevase hasta el lugar. Había luna llena y se podía caminar campo a través sin linternas, así que no nos llevó más de media hora llegar al herbazal donde lo habían visto. Dimos fácilmente con el arroyo y seguimos su curso por la orilla menos abrupta hasta que nos topamos con el animal. Allí estaba, tendido de costado, soltando un hilo de vaho por los ollares. No movió ni un músculo cuando nos acercamos. Ni siquiera volvió la vista hacia nosotros. El capataz se inclinó sobre él, le tocó el morro y le miró el blanco de los ojos.

            -Se muere –dijo.

            -¿De qué?

            El capataz se encogió de hombros.

            -Se muere.

            Era un macho muy joven. Tenía la cuerna aún incompleta y difícilmente llegaría a los veinte kilos. No conseguía imaginarme cómo había llegado hasta aquel lugar. La reserva se encontraba a más de cien kilómetros de distancia, y entre medias había multitud de cercas y caminos vallados. Pero allí estaba. Agonizando en el último rincón de mi propiedad.

            -Vaya a la casa a por la escopeta –le dije al capataz.

            -¿Para qué? No llegará a mañana.

            -Usted vaya a por la escopeta.

            El capataz torció el gesto, dio media vuelta y se alejó con paso cansino hasta perderse entre las sombras del robledal. Yo me acuclillé junto al animal y le puse la mano en el cuello. Estaba helado y tenía un latido leve como el de un pájaro. Respiraba tan débilmente que apenas se percibía un temblor a lo largo de la garganta. Retiré la mano casi de inmediato. Me repelía sentir en los dedos una agonía tan palpable. Me puse en pie y eché una ojeada a mi alrededor. La pradera estaba cubierta de escarcha y al pie de las cercas se veían manchas de nieve. El arroyo fluía con tanta suavidad que parecía remansado. En la linde del bosque se acumulaban las hojas secas. Me sorprendió darme cuenta de que hacía años que no pisaba aquel pastizal. Me incliné para coger un puñado de hierba, y al hacerlo se me cayó del bolsillo el manojo de llaves. Entre ellas estaba la del armero. Me había olvidado de dársela al capataz. En ese momento una ráfaga de viento helado me golpeó con fuerza en plena cara. Se me saltaron las lágrimas y me sacudió un escalofrío por todo el cuerpo. El corzo, a mis pies, sufrió un espasmo en las patas traseras y dejó escapar un quejido suave y ronco. Una rana rompió a croar en el arroyo. Otra le respondió desde la arboleda. Las nubes ocultaron la luna. Me senté en el suelo y volví a posar la mano en el cuello del animal. No tardé en sentir cómo se me revolvía el estómago y me empezaban a temblar las rodillas. Definitivamente, yo no estaba hecho para eso. Pero allí no había nadie más.

Antonio López-Peláez – En la frontera

El puesto fronterizo no era más que una barraca con el techo de paja y las paredes de latón. En el interior el calor debía de resultar insoportable, porque el oficial había tenido que improvisar una especie de porche con tres palos y un pedazo de tela desflecada desde donde vigilaba el camino sentado en una mecedora. Tenía una radio pegada a la oreja y un manojo de plátanos en el regazo. A su alrededor pululaba un puñado de pollos desmedrados. No había signos de vida en kilómetros a la redonda, conque aquello podía considerarse como una avanzadilla de la civilización. Así, al menos, lo vimos Bilaal y yo después de tres días de marcha en plena selva. Habíamos entrado en Guinea Conakry a través de los Montes Nimba hasta llegar a las cuevas de Selinngbala y, después de acampar allí y pasarnos un día entero sacando calcos de pinturas rupestres, habíamos hecho el camino de vuelta a Costa de Marfil siguiendo el curso del arroyo que alimentaba al Cavally. Conque al término del viaje los dos estábamos agotados, comidos por los mosquitos, y muertos de hambre y sed. No obstante, nuestro estado no resultó lo suficientemente lastimoso como para conmover al oficial. Se limitó a indicarnos con un gesto que le entregásemos nuestra documentación, sin tomarse la molestia de despegarse la radio del oído. Le tendimos nuestros papeles, los cogió con la mano libre y siguió escuchando las noticias abanicándose con ellos. Después de un buen rato, soltó un breve suspiro, bajó el volumen de la radio y se dignó echarles una ojeada. A Bilaal le devolvió de inmediato los suyos, pero los míos parecieron interesarle más, y estuvo casi veinte minutos examinándolos con una minuciosidad desconcertante. Por fin se levantó de la silla dejando caer los plátanos del regazo e hizo ademán de dirigirse a mí, pero en el último momento pareció pensárselo mejor y se quedó de pie rascándose la cabeza con gesto meditabundo. De pronto se guardó en el bolsillo mi pasaporte y mi visado, dio media vuelta sin decir palabra y entró en la barraca dejándonos plantados en el porche.

          -¿Qué es lo que pasa? –pregunté a Bilaal.

         -Nada. Esté tranquilo.

         -¿Tenía que haber metido un billete en el pasaporte?

         -Claro que no. Eso ni se le ocurra.

          -¿Y qué hacemos ahora?

         -Esperar.

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