mercancía en desuso

Categoría: Relatos ajenos

Ana Ajmátova – Requiem: a modo de prefacio.

En los terribles años de Yezhov pasé diecisiete meses en las colas de las cárceles de Leningrado. En una ocasión alguien, de alguna manera, me reconoció. Entonces una mujer de labios azules que estaba detrás de mí y que, por supuesto, nunca había oído mi nombre, despertó del letargo en que todas estábamos sumidas y me preguntó al oído (allí se hablaba en voz muy baja):
       -Y esto, ¿puede describirlo?
       Yo dije:
       -Puedo.
       Entonces algo parecido a una sonrisa asomó en lo que una vez había sido su rostro.

Ana Ajmátova, Prefacio a Requiem, 1957

 

De “Los Grandes Cementerios bajo la Luna”

El recién llegado, por supuesto, ni era general, ni era conde, ni se llamaba Rossi. Era un funcionario italiano, miembro de las Camisas Negras. Una hermosa mañana le vimos bajarse de un trimotor escarlata. Primero visitó al gobernador militar nombrado por el general Goded. El gobernador y sus oficiales le recibieron cortésmente. Remachando sus palabras con puñetazos en la mesa, declaró que venía a traer el espíritu del Fascio. Días después, el general y su estado mayor entraban en la cárcel de San Carlos y el conde Rossi se hacía con las riendas de la Falange. Enfundado en un mono negro con una enorme cruz blanca en el pecho, recorrió los pueblos conduciendo él mismo su coche de carreras, al que trataban de seguir, envueltos en una nube de polvo, otros coches repeletos de hombres armados hasta los dientes. Todas las mañanas los periódicos daban cuenta de estos circuitos oratorios en los que, flanqueado por el alcalde y el cura, anunciaba la Cruzada en una extraña jerigonza, mezcla de mallorquín, italiano y español. El gobierno italiano, por supuesto, tenía en Palma colaboradores menos estridentes que aquel bruto gigantón, que un día, en la mesa de una gran dama palmesana, mientras se limpiaba los dedos en el mantel, dijo que necesitaba por lo menos “una mujer diaria”. Pero la misión particular que le habían encomendado estaba perfectamente a tono con su naturaleza. Era la organización del Terror.

Georges Bernanos, Los Grandes Cementerios bajo la Luna, 1938

De “La Tregua”

Hurbinek no era nadie, un niño de la muerte, un niño de Auschwitz. Aparentaba unos tres años de edad, nadie sabía nada de él, no hablaba y no tenía nombre; ese extraño nombre, Hurbinek, se lo habíamos dado nosotros, quizá una de las mujeres que había interpretado con esas sílabas uno de los sonidos inarticulados que el niño emitía de vez en cuando. Estaba paralizado de cintura para abajo, con las piernas atrofiadas, delgadas como palitos; pero sus ojos, perdidos en su rostro triangular y consumido, brillaban con una terrible viveza, llenos de exigencia y autoafirmación, de la voluntad de escapar, de romper la tumba de su silencio. Carecía de habla, pues nadie se había molestado en enseñarle; la necesidad de hablar cargaba su mirada fija de una urgencia explosiva: era una mirada salvaje y humana al mismo tiempo, incluso madura, un juicio que ninguno de nosotros podía soportar, tales eran su fuerza y su angustia…
         Durante la noche escuchábamos atentamente… Del rincón de Hurbinek a veces venía un sonido, una palabra. No siempre era exactamente la misma palabra, pero sin duda era una palabra articulada, o, mejor, varias palabras articuladas con pequeñas diferencias, variaciones expermientales de un tema, de una razíz, quizá de un nombre.
         Hurbinek, que tenía tres años y quizá había nacido en Auschwitz y nunca vio un árbol; Hurbinek, que había luchado como un hombre, hasta el último aliento, por ganarse la entrada al mundo de los hombres, del que un poder bestial le había excluido; Hurbinek, el sin nombre, cuyo diminuto antebrazo -también el suyo- llevaba el tatuaje de Auschwitz; Hurbinek murió en los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada ha quedado de él: su testimonio son estas palabras mías.

Primo Levi, La Tregua, 1963

Elías Canetti – El Invisible

Paseaba, al ocaso de la tarde, por la plaza mayor del centro de la ciudad, y lo que allí buscaba no era su vis­tosidad y su viveza, con ellas ya contaba, buscaba un pequeño bulto marrón en el suelo que no sólo se reducía a una voz, sino a un sonido único. Era un profundo, prolongado «a – a – a – a – a – a – a – a». Ni disminuía ni aumentaba, pero jamás cesaba y en todo momento era perceptible sobre los miles de clamores y vocerío de la plaza. Era el sonido más persistente del Xemaá El Fná, el que a lo largo de toda una noche, y noche tras noche, permanecía igual.
      Lo oía ya desde la lejanía. Cierta desazón, a la que no era capaz de dar una interpretación correcta, me lle­vaba allí. Había paseado por la plaza en toda ocasión; tantas cosas me atraían en ella que jamás dudé no vol­ver a encontrar el bulto aquél con todo cuanto le era propio. Sólo por esa voz, que había venido a reducirse a un sonido único, sentía cierto temor. Se encontraba en la frontera de lo vivo; la vida que generaba no consistía en otra cosa más que en ese sonido. Por mi parte, es­cuchaba ansioso y amedrentado y para entonces alcan­zaba un punto preciso en mi camino, justo el mismo sitio, donde de súbito oía algo así como el zumbido de un insecto: «a-a-a-a-a-a-a- a». Leer el resto de esta entrada »

José Gutiérrez Solana – La Corrida

Ha salido la cuba de regar para regar la arena de la plaza. Todo el ruedo está lleno de mozos preparados con cachavas y varas. En los soportales de la plaza están las distracciones humildes: la rifa, el tiro al blanco, el carro de los helados y el de los caramelos de colores. Desde aquí destaca todo el pueblo, que se recoge por encima de los aleros de las casas. En lo alto, la maciza torre de la iglesia de la Concepción y otras torres de conventos.
            Todo tiene una alegría bárbara de fiesta de domingo, todo relumbrando al sol: las colgaduras y los trajes de todas las mujeres, apiñadas y sentadas en las sillas de los innumerables balcones. Allá a lo lejos, en los muros de la iglesia, los chicos y demás personas mayores que no han podido entrar en la plaza por no gastarse dinero se mueven como un hormiguero. Después que han regado bien la plaza y han traído el agua de un lavadero de al lado del Ayuntamiento (pues en Chinchón hay pocas fuentes y por eso se ven en los patios y corrales de las casas tantas tinajas y, a veces, un gran trozo de tinaja rota, colocada entre dos piedras, para que beba el ganado), llega la presidencia: el alcalde con chistera y su fajín; a su lado se sienta el cura de Chinchón; ambos se quitan el sombrero para saludar al público, y luego se sientan. A su lado toman asiento los concejales. En el balcón de al lado están los músicos, que tocan una marcha taurina. Luego suena el clarín.    
             Se abre el chiquero y sale corriendo un toro con muchos cuernos y tipo de buey. Los mozos huyen despavoridos y dejan el ruedo limpio. Unos se tiran de cabeza por la barrera, pero pronto empiezan a asediar al toro: le dan con los palos en el hocico y en las nalgas y le torean con las fajas. Uno lleva atado en una cuerda un trapo rojo y lo tira al aire; el toro sale engañado al embestir en vano. Cuando el toro está distraído, pasa uno corriendo de lejos y le da un palo y todos a la vez aprovechan esta ocasión para pasar y apalear al animal. También sacan las hondas del bolsillo y las restallan silbando en las orejas del toro. El bárbaro que iba en el tren estaba medio desnudo, con la camisa toda desgarrada, enseñando la carne; daba muchos alaridos y sonaba mucho la honda que tenía en la mano disparando contra el toro algunas piedras.
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Rudyard Kipling – La puerta de las cien penas

Esto no es obra mía. Me lo contó todo mi amigo Gabral Misquitta, el mestizo, entre la puesta de la luna y el amanecer, seis semanas antes de morir; y mientras respondía a mis preguntas anoté lo que salió de su boca. Fue así:
Se encuentra entre el callejón de los orfebres y el barrio de los vendedores de boquillas de pipa, a unos cien metros a vuelo de cuervo de la mezquita de Wazir Jan. Hasta ahí no me importa decírselo a cualquiera, pero lo desafío a encontrar la puerta, por más que crea conocer bien la ciudad. Uno podría pasar cien veces por ese callejón y seguir sin verla. Nosotros lo llamábamos “el callejón del Humo Negro”, aunque su nombre nativo es muy distinto, claro está. Un asno cargado no podría pasar entre sus paredes, y en un punto del paso, justo antes de llegar a la puerta, la panza de una casa te obliga a caminar de lado.
En realidad no es una puerta. Es una casa. Primeramente fue del viejo Fung-Tching, hasta hace cinco años. Era un zapatero de Calcuta. Dicen que mató a su mujer estando borracho. Por eso cambió el ron de bazar por el Humo Negro. Luego se marchó al norte y abrió la Puerta, una casa donde se podía fumar en paz y tranquilidad. Ten en cuenta que era un fumadero de opio respetable, auténtico, no uno de esos tugurios malolientes, esos chandoo-khanas que hay por toda la ciudad. No; el viejo conocía bien su negocio y era muy limpio para ser chino. Era un hombre tuerto y bajito, no medía más de metro cincuenta, y le faltaba el dedo corazón de las dos manos, a pesar de lo cual era uno de los hombres más hábiles para amasar las píldoras negras que he visto en mi vida. No parecía afectarle el Humo, y eso que fumaba sin parar día y noche, noche y día. Yo llevo en esto cinco años, y puedo medirme con cualquiera, pero en comparación con Fung-Tching era un niño. En todo caso, el viejo se preocupaba mucho por su dinero, muchísimo, y eso es lo que no alcanzo a comprender. Oí decir que dejó unos buenos ahorros al morir, y su sobrino se quedó con todo; el viejo volvió a China para ser enterrado en su país.
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George Orwell – Matar un elefante

En Moulmein, en la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas; se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante importante para que me ocurriera eso. Era subcomisario de la policía de la ciudad y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento antieuropeo era enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por todas partes, los insultos que me proferían cuando estaba a suficiente distancia, me alteraron los nervios. Los jóvenes monjes budistas eran los peores. En la ciudad los había a millares y ninguno parecía tener más ocupación que apostarse en las esquinas y mofarse de los europeos.
Todo esto era desconcertante y molesto. Por aquel entonces yo había decidido que el imperialismo era un mal y que cuanto antes me deshiciera de mi trabajo y lo dejara, mejor. En teoría — y en secreto, por supuesto — estaba totalmente a favor de los birmanos y totalmente en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con mayor encono del que tal vez logre expresar. En una ocupación como ésa se presencia de cerca el trabajo sucio del imperio. Los desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de los calabozos, los rostros grises y atemorizados de los convictos con condenas más largas, las nalgas laceradas de los hombres que han sido azotados con cañas de bambú; todo eso me oprimía con un insoportable cargo de conciencia. Pero no podía ver la dimensión real de las cosas. Era joven, no tenía muchos estudios y me había visto obligado a meditar mis problemas en el absoluto silencio que le es impuesto a todo inglés en Oriente. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, y menos aún que es muchísimo mejor que los imperios más jóvenes que van a sustituirlo. Todo cuanto sabía era que me encontraba atrapado entre el odio al imperio al que servía y la rabia hacia las bestiecillas malintencionadas que intentaban hacerme el trabajo imposible. Una parte de mí pensaba en el Raj británico como en una tiranía inquebrantable, un yugo impuesto por los siglos de los siglos a la voluntad de pueblos sometidos; otra parte de mí pensaba que la mayor dicha imaginable sería hundir una bayoneta en las tripas de un monje budista. Sentimientos como éstos son los efectos normales del imperialismo; que se lo pregunten si no a cualquier oficial angloindio, si se lo puede pescar cuando no está de servicio.
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