por Antonio López-Peláez

Los clientes de un marchante de prestigio carecen por completo de juicio estético. Se limitan a comprar la obra que el marchante les recomienda, siempre y cuando lleguen a ponerse de acuerdo en el precio. Lo demás no importa. De hecho, se considera un signo de vulgaridad imperdonable insistir en ver la obra previamente a la compra. En el mundo del arte, el que pasa por entendido se caracteriza fundamentalmente por no molestarse en entender.