por Antonio López-Peláez

El juego de la caza no está igualado. Para el depredador, perder significa verse obligado a buscar comida en otra parte; para la presa, en cambio, perder es morir. No hay margen de error ni segundas oportunidades. Cada vez que la liebre inicia la huida, sabe que se lo juega todo a cara o cruz. Y actúa en consecuencia.