por Antonio López-Peláez

Los deseos en las sociedades hiperopulentas están completamente desvinculados de la moral. No cabe preguntarse, como en la antigüedad clásica, si van o no en la buena dirección. Se los considera simples hechos psicológicos, sin culpa, responsabilidad ni error. No hay, como había para Aristóteles, una vida intrínsecamente deseable. Hoy, una vida feliz es una vida en que se satisface la mayor cantidad posible de deseos, independientemente de su calidad. Se trata de una aberración obvia que nadie se atreve a cuestionar, a excepción de un puñado de fanáticos errados en todo lo demás. Conque el camino al despeñadero está libre de obstáculos. Y ni siquiera es largo.