por Antonio López-Peláez

Hay escritores a quienes les cuesta Dios y ayuda expresarse de un modo mínimamente coherente. Y, como las desgracias nunca vienen solas, no sólo rehúsan molestarse en disimular sus esfuerzos, sino que se permiten exhibirlos a las claras como si supusieran un mérito añadido. Son casos sin remedio que indefectiblemente acaban llegando a lo más alto.