por Antonio López-Peláez

Es un hecho que la mayor parte de las cosas que ocurren a nuestro alrededor no tienen ninguna clase de porqué, pero todos poseemos una facilidad extraordinaria para fabular explicaciones verosímiles y bien trabadas que, si bien tienen poco que ver con la realidad, nos ayudan a crear la ilusión de que vivimos en un mundo mínimamente predecible y coherente en el que ni lo bueno ni lo malo nos sucede por azar. Somos, pues, narradores natos por una cuestión de estricta supervivencia.