por Antonio López-Peláez

Thomas Hobbes en el Leviatán:

“La venganza es mía”, dice el Dios Mortal. ¡Por fin un enemigo cuya victoria abrumadora no es deshonroso dar por descontada! Ante él cada cual puede aceptar su inferioridad sin demérito e inclinar la cerviz sin humillación personal. La herida simbólica de la castración de la voluntad puede ser asumida por un gesto a la vez colectivo e individual que sella pero no mata. Para evitar que algún otro sea nuestro vencedor, admitamos al unísono que todos hemos sido derrotados por el Mismo. Ese Dios Mortal que nos derrota para tutelarnos, que nos intimida para aliviar nuestro miedo, está hecho a nuestra imagen y semejanza, pero ya no es uno de nosotros: se encuentra fuera, aparte. Desde la otra orilla, conminatorio e imparcial, se hará temible para que nosotros podamos dejar de serlo y asumirá hasta el límite el tributo de autonomía que le entregamos.