por Antonio López-Peláez

En los meses que pasé en el valle del Cavally, en la tierra de nadie entre Liberia y Costa de Marfil, nunca dejó de sorprenderme comprobar cómo, en cada aldea que pisaba, hombres que vivían prácticamente en la edad de piedra y que habían sido caníbales hasta la generación anterior insistían en prevenirme con todo lujo de detalles sobre la barbarie, el atraso y el salvajismo de las tribus vecinas. Y lo peor de todo es que, por lo general, tenían razón.