por Antonio López-Peláez

Para Tristan Tzara el arte era un asunto privado en el que el artista trabajaba exclusivamente para sí mismo. Una obra comprensible, sostenía, es el producto de un periodista, no de un artista. Lógicamente, esta actitud le granjeó éxito, prestigio y reconocimiento hasta el fin de sus días. Cierto que le importaba un bledo lo que le gustase al público, pero siempre tuvo muy en cuenta lo que quería que le gustase.