por Antonio López-Peláez

A Solzhenitsyn los asesinos shakespearianos le parecían extrañamente civilizados. Macbeth, Yago, Otelo, Tito Andrónico o Ricardo III apenas eran responsables de una docena de cadáveres en total. Sin duda estaban lo suficientemente envilecidos como para haber llegado más lejos, pero les faltaba lo esencial. No tenían ideología.