por Antonio López-Peláez

Franz Werfel, poeta, novelista y dramaturgo judeo-alemán, fue durante toda su vida un pacifista convencido, y aun así se alistó voluntario en 1914 y pasó los cuatro años de la primera guerra mundial combatiendo en el frente ruso. Afirmó haberlo hecho porque quería ganarse el derecho a maldecir de la guerra. Huelga decir que semejante actitud le granjeó el odio de por vida de todo el resto de intelectuales pacifistas de la época. No fueron los únicos: también le odiaron los militaristas por considerarle un traidor a la patria, los judíos por apartarse del judaísmo, los nazis por ser judío, los turcos por denunciar el genocidio armenio y los ateos por escribir La Canción de Bernadette. Lógicamente, fue un hombre triste. Lógicamente, murió en el exilio. Lógicamente, hoy nadie se acuerda de su persona, a excepción de un puñado de dementes interesados en sus lamentables ideas teosóficas. De todos los hombres se puede decir que nacieron en el lugar y el momento equivocados, pero de ninguno con más justicia que de él.