por Antonio López-Peláez

En su origen, poesía y religión eran una misma cosa. A fecha de hoy, sin embargo, tienen poco o nada que ver, y ambas se han convertido en versiones desvaídas de sí mismas, incapaces de apelar más que a los previamente convencidos. Agonizar con dignidad constituye su único horizonte, y es de temer que ni siquiera eso lleguen a conseguir.