por Antonio López-Peláez

Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, el ejército se declaró dispuesto a aceptar a cualquier varón sin pies planos que no estuviera loco, midiera más de metro y medio, pesara un mínimo de 53 kilos y tuviera al menos doce dientes sanos. No obstante, hubo que modificar esos requisitos casi de inmediato. Más del cuarenta por ciento de la población resultó no ser apta para el servicio.