Una línea borrosa

por Antonio López-Peláez

En la sala de desahuciados del hospital de Bouaké había cerca de dos docenas de hombres y mujeres apiñados en esterillas de rafia, esperando la muerte sin nadie que se preocupara de ellos. Aun así, ni uno solo se quejaba ni se mostraba compungido o alterado. Se lo comenté al padre Durand y no se lo tomó bien.

            -No se equivoque –dijo-. Lo que ve no es serenidad. Es pura y simple desesperanza.

            Lógicamente, me callé y no volví a abrir la boca. Pero aún hoy sigo preguntándome cuál es la diferencia.