Gerald Reitlinger – De “La Solución Final”

por Antonio López-Peláez

Entonces notaban el gas y se amontonaban alejándose de las columnas amenazadoras para abalanzarse finalmente sobre una enorme puerta de metal con una ventanita, y allí se apilaban en una pirámide azul, pegajosa y ensangrentada, dando manotazos y gritándose unos a otros incluso en la muerte. Veinticinco minutos después, las bombas eléctricas de desagote eliminaban el aire envenenado, se abría la gran puerta de metal  y entraban los hombres del sonderkommando judío, protegidos con máscaras antigás y botas de goma, cuya primera tarea era eliminar la sangre y las defecaciones antes de separar con garfios y ganchos a los muertos contorsionados, preludio de la siniestra búsqueda de oro y el arrancamiento de dientes y cabellos, considerados materiales estratégicos por los alemanes. Después venía el viaje en ascensor o carretilla hasta los hornos, el molino que reducía a fina ceniza los restos calcinados y el camión que dispersaba las cenizas en el arroyo del Sola.

Gerald Reitlinger, La Solución Final, 1953