Gay Talese – De “Honrarás a tu padre”

por Antonio López-Peláez

Cuando el ciudadano americano común pensaba en la Mafia por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que movían millones de dólares, de limusinas negras e inmensas cuyas ruedas chirriaban al doblar las esquinas mientras las balas de las ametralladoras regaban la acera; ésa era la versión de Hollywood y, aunque mucho de ello se basaba en la realidad, también era cierto que exageraba absurdamente esa misma realidad, omitiendo por completo la sensación que dominaba la existencia de la Mafia: una rutina de interminables esperas, tedio, escondites, exceso de cigarrillos, exceso de comida y falta de ejercicio físico, mientras se pasaban la vida tumbados en habitaciones con las cortinas cerradas, muriéndose de aburrimiento al tiempo que trataban de mantenerse vivos. Con tanto tiempo entre las manos y tan poco que hacer con él, el típico mafioso tendía a volverse egocéntrico y obsesivo, a vivir pendiente de minucias que magnificaba, a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier ruido, dándole demasiadas vueltas a todo lo que se decía y se hacía a su alrededor, perdiendo la perspectiva del mundo que se extendía más allá de él y del pequeño lugar que ocupaba en ese panorama más amplio, pero consciente de todas maneras de la imagen exagerada que el mundo tenía de él. Y el mafioso respondía a esa imagen, se la creía , prefería creérsela porque le hacía verse más grande de lo que era en realidad, más poderoso, más romántico, más respetado y más temido. El mafioso podía utilizar esa imagen y sacar provecho de ella en vecindarios en los que dirigía las actividades ilegales y en otras áreas donde esperaba que su inflado ego le permitiera expandir sus negocios; si era lo suficientemente temerario y afortunado, podía explotar la realidad y la fantasía de la mitología de la Mafia con la misma efectividad con que lo hacía el director del FBI a la hora del reparto de presupuestos, y los políticos antes de las elecciones, y la prensa cada vez que el crimen organizado se ponía de moda, y los productores de cine cada vez que podían venderle ese mito a un público que invariablemente quería que sus personajes fueran más imponentes que en la vida real: pequeños Césares que hablaban duro y gastaban mucho.

Gay Talese, Honrarás a tu padre, 1971