A. López-Peláez – En convalecencia

por Antonio López-Peláez

La semana pasada mi hermano se compró una escopeta nueva, una Benelli semiautomática, y se empeñó en que la probásemos juntos. Hacía más de quince años que no cogía un arma y no tenía ninguna gana de volver a tirar, pero insistió tanto que no fui capaz de negarme. Al fin y al cabo, él, a su modo, también intenta arrimar el hombro para ayudarme a salir del bache. No acaba de dar con la manera, pero la intención es lo que cuenta. Eso dicen. Conque nos pasamos una tarde entera en su finca, disparando desde el hombro, sin apoyo y a pulso. Lo hice mal, pero no tanto como esperaba. Incluso me las arreglé para tumbar un par de blancos a más de treinta pasos.

      -Deberías volver a cazar –dijo mi hermano al terminarse la munición-. Seguro que te animaría.

      -No veo por qué.

      -Matar para sentirse vivo. Eso siempre funciona.

      -Funcionaba. Al principio. Pero acabó llegando un momento en que matar me hacía sentir cada vez más muerto.

      Mi hermano me miró extrañado y se encogió de hombros. Ni lo entendía ni lo quería entender. Yo le devolví la escopeta y me puse a recoger los cartuchos del suelo. Había casi dos docenas, de manera que me llevó un buen rato. Él no me ayudó. Se quedó a la sombra de un roble, limpiando el arma con todo cuidado. Cuando terminé, se acercó y me tendió la cantimplora. Bebí un sorbo de agua y me limpié la cara y las manos. Después cogimos las mochilas y nos pusimos en camino en dirección a la alquería con el sol empezando ya a caer a nuestra espalda.

      -Dices que has cambiado después de lo que te pasó –comentó mi hermano sin aflojar el paso.

      -De arriba abajo.

      -Que ya no ves las cosas de la misma manera.

      -Es cierto.

      -Vuelve a cazar entonces. Deja de mirarte el ombligo y haz algo que te cueste. Que te desgaste. Que te ponga a prueba.

      -No insistas –dije-. Eso se acabó.

      Mi hermano hizo ademán de añadir algo más, pero se lo pensó mejor y se quedó callado. No volvió a abrir la boca en todo el camino de vuelta. Ni siquiera cuando una liebre cruzó el camino como una exhalación a no más de veinte metros. Fingió no verla. Igual que yo.

                                  

 

Al llegar a casa me fui derecho al trastero y saqué mi escopeta de detrás de un montón de botes de pintura y barniz. Salí con ella a la terraza y me pasé cerca de una hora limpiando el cañón, engrasando la báscula y comprobando que la culata no tenía holguras. Luego la dejé de pie en una esquina del salón, apoyada en la pila de cuadros que aún no he sido capaz de colgar en la pared. Ahí sigue. La veo todos los días a la hora de comer. El sol le da de lleno. Está empezando a coger polvo. No soy capaz de decidir qué hacer. He cambiado, sí. La cuestión es cuánto. Hasta qué punto. En quién exactamente me he convertido.