mercancía en desuso

Mes: septiembre, 2011

Gay Talese – De “Honrarás a tu padre”

Cuando el ciudadano americano común pensaba en la Mafia por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que movían millones de dólares, de limusinas negras e inmensas cuyas ruedas chirriaban al doblar las esquinas mientras las balas de las ametralladoras regaban la acera; ésa era la versión de Hollywood y, aunque mucho de ello se basaba en la realidad, también era cierto que exageraba absurdamente esa misma realidad, omitiendo por completo la sensación que dominaba la existencia de la Mafia: una rutina de interminables esperas, tedio, escondites, exceso de cigarrillos, exceso de comida y falta de ejercicio físico, mientras se pasaban la vida tumbados en habitaciones con las cortinas cerradas, muriéndose de aburrimiento al tiempo que trataban de mantenerse vivos. Con tanto tiempo entre las manos y tan poco que hacer con él, el típico mafioso tendía a volverse egocéntrico y obsesivo, a vivir pendiente de minucias que magnificaba, a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier ruido, dándole demasiadas vueltas a todo lo que se decía y se hacía a su alrededor, perdiendo la perspectiva del mundo que se extendía más allá de él y del pequeño lugar que ocupaba en ese panorama más amplio, pero consciente de todas maneras de la imagen exagerada que el mundo tenía de él. Y el mafioso respondía a esa imagen, se la creía , prefería creérsela porque le hacía verse más grande de lo que era en realidad, más poderoso, más romántico, más respetado y más temido. El mafioso podía utilizar esa imagen y sacar provecho de ella en vecindarios en los que dirigía las actividades ilegales y en otras áreas donde esperaba que su inflado ego le permitiera expandir sus negocios; si era lo suficientemente temerario y afortunado, podía explotar la realidad y la fantasía de la mitología de la Mafia con la misma efectividad con que lo hacía el director del FBI a la hora del reparto de presupuestos, y los políticos antes de las elecciones, y la prensa cada vez que el crimen organizado se ponía de moda, y los productores de cine cada vez que podían venderle ese mito a un público que invariablemente quería que sus personajes fueran más imponentes que en la vida real: pequeños Césares que hablaban duro y gastaban mucho.

Gay Talese, Honrarás a tu padre, 1971

A. López-Peláez – En convalecencia

La semana pasada mi hermano se compró una escopeta nueva, una Benelli semiautomática, y se empeñó en que la probásemos juntos. Hacía más de quince años que no cogía un arma y no tenía ninguna gana de volver a tirar, pero insistió tanto que no fui capaz de negarme. Al fin y al cabo, él, a su modo, también intenta arrimar el hombro para ayudarme a salir del bache. No acaba de dar con la manera, pero la intención es lo que cuenta. Eso dicen. Conque nos pasamos una tarde entera en su finca, disparando desde el hombro, sin apoyo y a pulso. Lo hice mal, pero no tanto como esperaba. Incluso me las arreglé para tumbar un par de blancos a más de treinta pasos.

      -Deberías volver a cazar –dijo mi hermano al terminarse la munición-. Seguro que te animaría.

      -No veo por qué.

      -Matar para sentirse vivo. Eso siempre funciona.

      -Funcionaba. Al principio. Pero acabó llegando un momento en que matar me hacía sentir cada vez más muerto.

      Mi hermano me miró extrañado y se encogió de hombros. Ni lo entendía ni lo quería entender. Yo le devolví la escopeta y me puse a recoger los cartuchos del suelo. Había casi dos docenas, de manera que me llevó un buen rato. Él no me ayudó. Se quedó a la sombra de un roble, limpiando el arma con todo cuidado. Cuando terminé, se acercó y me tendió la cantimplora. Bebí un sorbo de agua y me limpié la cara y las manos. Después cogimos las mochilas y nos pusimos en camino en dirección a la alquería con el sol empezando ya a caer a nuestra espalda.

      -Dices que has cambiado después de lo que te pasó –comentó mi hermano sin aflojar el paso.

      -De arriba abajo.

      -Que ya no ves las cosas de la misma manera.

      -Es cierto.

      -Vuelve a cazar entonces. Deja de mirarte el ombligo y haz algo que te cueste. Que te desgaste. Que te ponga a prueba.

      -No insistas –dije-. Eso se acabó.

      Mi hermano hizo ademán de añadir algo más, pero se lo pensó mejor y se quedó callado. No volvió a abrir la boca en todo el camino de vuelta. Ni siquiera cuando una liebre cruzó el camino como una exhalación a no más de veinte metros. Fingió no verla. Igual que yo.

                                  

 

Al llegar a casa me fui derecho al trastero y saqué mi escopeta de detrás de un montón de botes de pintura y barniz. Salí con ella a la terraza y me pasé cerca de una hora limpiando el cañón, engrasando la báscula y comprobando que la culata no tenía holguras. Luego la dejé de pie en una esquina del salón, apoyada en la pila de cuadros que aún no he sido capaz de colgar en la pared. Ahí sigue. La veo todos los días a la hora de comer. El sol le da de lleno. Está empezando a coger polvo. No soy capaz de decidir qué hacer. He cambiado, sí. La cuestión es cuánto. Hasta qué punto. En quién exactamente me he convertido.

Tony Judt – De “Sobre el olvidado siglo XX”

La obra y la vida de Althusser, con sus drogas, sus psicoanalistas, su compasión hacia sí mismo, sus engaños y caprichos, adquieren una nota curiosamente hermética. Traen a la memoria a algún escolástico medieval de segunda fila garabateando desesperadamente categorías producto de su imaginación. Pero incluso la especulación teológica más oscura solía tener algo significativo como objeto. Sin embargo, las meditaciones de Althusser no han dado lugar a nada. No fueron sometidas a prueba alguna y no tenían aplicación inteligible en el mundo excepto como abstrusa apología política. ¿Qué nos dice sobre la vida académica moderna que semejante figura haya tenido -y siga teniendo- atrapados a profesores y estudiantes durante tanto tiempo en la jaula de sus ficciones dementes?
 

Tony Judt, Sobre el olvidado siglo XX, 2008