A. López-Peláez – Noviembre Cruel

por Antonio López-Peláez

Me lo dijeron cuando volví a casa, ya de noche cerrada. Lo habían encontrado junto al arroyo, no muy lejos de los establos. Nadie sabía qué hacer con él, de manera que lo habían dejado allí a la espera de que yo llegara y decidiera. Conque me puse las botas, llamé al capataz y le pedí que me llevase hasta el lugar. Había luna llena y se podía caminar campo a través sin linternas, así que no nos llevó más de media hora llegar al herbazal donde lo habían visto. Dimos fácilmente con el arroyo y seguimos su curso por la orilla menos abrupta hasta que nos topamos con el animal. Allí estaba, tendido de costado, soltando un hilo de vaho por los ollares. No movió ni un músculo cuando nos acercamos. Ni siquiera volvió la vista hacia nosotros. El capataz se inclinó sobre él, le tocó el morro y le miró el blanco de los ojos.

            -Se muere –dijo.

            -¿De qué?

            El capataz se encogió de hombros.

            -Se muere.

            Era un macho muy joven. Tenía la cuerna aún incompleta y difícilmente llegaría a los veinte kilos. No conseguía imaginarme cómo había llegado hasta aquel lugar. La reserva se encontraba a más de cien kilómetros de distancia, y entre medias había multitud de cercas y caminos vallados. Pero allí estaba. Agonizando en el último rincón de mi propiedad.

            -Vaya a la casa a por la escopeta –le dije al capataz.

            -¿Para qué? No llegará a mañana.

            -Usted vaya a por la escopeta.

            El capataz torció el gesto, dio media vuelta y se alejó con paso cansino hasta perderse entre las sombras del robledal. Yo me acuclillé junto al animal y le puse la mano en el cuello. Estaba helado y tenía un latido leve como el de un pájaro. Respiraba tan débilmente que apenas se percibía un temblor a lo largo de la garganta. Retiré la mano casi de inmediato. Me repelía sentir en los dedos una agonía tan palpable. Me puse en pie y eché una ojeada a mi alrededor. La pradera estaba cubierta de escarcha y al pie de las cercas se veían manchas de nieve. El arroyo fluía con tanta suavidad que parecía remansado. En la linde del bosque se acumulaban las hojas secas. Me sorprendió darme cuenta de que hacía años que no pisaba aquel pastizal. Me incliné para coger un puñado de hierba, y al hacerlo se me cayó del bolsillo el manojo de llaves. Entre ellas estaba la del armero. Me había olvidado de dársela al capataz. En ese momento una ráfaga de viento helado me golpeó con fuerza en plena cara. Se me saltaron las lágrimas y me sacudió un escalofrío por todo el cuerpo. El corzo, a mis pies, sufrió un espasmo en las patas traseras y dejó escapar un quejido suave y ronco. Una rana rompió a croar en el arroyo. Otra le respondió desde la arboleda. Las nubes ocultaron la luna. Me senté en el suelo y volví a posar la mano en el cuello del animal. No tardé en sentir cómo se me revolvía el estómago y me empezaban a temblar las rodillas. Definitivamente, yo no estaba hecho para eso. Pero allí no había nadie más.