De “Los Grandes Cementerios bajo la Luna”

por Antonio López-Peláez

El recién llegado, por supuesto, ni era general, ni era conde, ni se llamaba Rossi. Era un funcionario italiano, miembro de las Camisas Negras. Una hermosa mañana le vimos bajarse de un trimotor escarlata. Primero visitó al gobernador militar nombrado por el general Goded. El gobernador y sus oficiales le recibieron cortésmente. Remachando sus palabras con puñetazos en la mesa, declaró que venía a traer el espíritu del Fascio. Días después, el general y su estado mayor entraban en la cárcel de San Carlos y el conde Rossi se hacía con las riendas de la Falange. Enfundado en un mono negro con una enorme cruz blanca en el pecho, recorrió los pueblos conduciendo él mismo su coche de carreras, al que trataban de seguir, envueltos en una nube de polvo, otros coches repeletos de hombres armados hasta los dientes. Todas las mañanas los periódicos daban cuenta de estos circuitos oratorios en los que, flanqueado por el alcalde y el cura, anunciaba la Cruzada en una extraña jerigonza, mezcla de mallorquín, italiano y español. El gobierno italiano, por supuesto, tenía en Palma colaboradores menos estridentes que aquel bruto gigantón, que un día, en la mesa de una gran dama palmesana, mientras se limpiaba los dedos en el mantel, dijo que necesitaba por lo menos “una mujer diaria”. Pero la misión particular que le habían encomendado estaba perfectamente a tono con su naturaleza. Era la organización del Terror.

Georges Bernanos, Los Grandes Cementerios bajo la Luna, 1938