mercancía en desuso

Mes: diciembre, 2010

De “Los Grandes Cementerios bajo la Luna”

El recién llegado, por supuesto, ni era general, ni era conde, ni se llamaba Rossi. Era un funcionario italiano, miembro de las Camisas Negras. Una hermosa mañana le vimos bajarse de un trimotor escarlata. Primero visitó al gobernador militar nombrado por el general Goded. El gobernador y sus oficiales le recibieron cortésmente. Remachando sus palabras con puñetazos en la mesa, declaró que venía a traer el espíritu del Fascio. Días después, el general y su estado mayor entraban en la cárcel de San Carlos y el conde Rossi se hacía con las riendas de la Falange. Enfundado en un mono negro con una enorme cruz blanca en el pecho, recorrió los pueblos conduciendo él mismo su coche de carreras, al que trataban de seguir, envueltos en una nube de polvo, otros coches repeletos de hombres armados hasta los dientes. Todas las mañanas los periódicos daban cuenta de estos circuitos oratorios en los que, flanqueado por el alcalde y el cura, anunciaba la Cruzada en una extraña jerigonza, mezcla de mallorquín, italiano y español. El gobierno italiano, por supuesto, tenía en Palma colaboradores menos estridentes que aquel bruto gigantón, que un día, en la mesa de una gran dama palmesana, mientras se limpiaba los dedos en el mantel, dijo que necesitaba por lo menos “una mujer diaria”. Pero la misión particular que le habían encomendado estaba perfectamente a tono con su naturaleza. Era la organización del Terror.

Georges Bernanos, Los Grandes Cementerios bajo la Luna, 1938

A. López-Peláez – Catálogo de proscritos

En la versión autóctona de la teología de la liberación predicada por los catequistas de la diócesis de Chiapas entre los indígenas de la Selva Lacandona abundan, como era de esperar, las alusiones a los remisos a la palabra de Dios, con quienes no cabe la convivencia, sino únicamente la conversión. En la denominada “Evaluación y seguimiento de cursos de 1980 y 1981” del subequipo asignado a Ocosingo-Altamirano y a la Zona Tzeltal los redactores se toman la molestia de identificarlos y describirlos con todo detalle:

-Los hermanos que no dicen sus pensamientos en las juntas.

-Los que están sin interés, sólo jugando.

-Los que participan escasamente, sobre todo las mujeres.

-Los que padecen bloqueo ideológico.

-Los doctrinarios que mantienen visiones moralistas y espiritualistas desarticuladas de su vida.

-Los que tienen una visión mágica o ingenua de la realidad.

-Los de tendencia dominante dicotómica.

-Los que se resisten al método de catequización del obispado.

-Los que tienen posiciones políticas opuestas.

-Los que opinan que el contenido impartido por el subequipo no es la Palabra de Dios.

-Los seguidores de la letra de la Biblia, que no da vida.

-Los no organizados, que tienen influencia de sectas protestantes.

A la vista de semejante lista, cabe preguntarse si habrá un solo indígena en la Selva Lacandona que no entre en alguna de las categorías enumeradas. Si existe tal espécimen, sin duda deberían exhibirlo en una caseta de feria. O, en su defecto, nombrarle obispo de la diócesis. En cualquiera de los dos casos, es de prever que llegaría a lo más alto.

De “La Tregua”

Hurbinek no era nadie, un niño de la muerte, un niño de Auschwitz. Aparentaba unos tres años de edad, nadie sabía nada de él, no hablaba y no tenía nombre; ese extraño nombre, Hurbinek, se lo habíamos dado nosotros, quizá una de las mujeres que había interpretado con esas sílabas uno de los sonidos inarticulados que el niño emitía de vez en cuando. Estaba paralizado de cintura para abajo, con las piernas atrofiadas, delgadas como palitos; pero sus ojos, perdidos en su rostro triangular y consumido, brillaban con una terrible viveza, llenos de exigencia y autoafirmación, de la voluntad de escapar, de romper la tumba de su silencio. Carecía de habla, pues nadie se había molestado en enseñarle; la necesidad de hablar cargaba su mirada fija de una urgencia explosiva: era una mirada salvaje y humana al mismo tiempo, incluso madura, un juicio que ninguno de nosotros podía soportar, tales eran su fuerza y su angustia…
         Durante la noche escuchábamos atentamente… Del rincón de Hurbinek a veces venía un sonido, una palabra. No siempre era exactamente la misma palabra, pero sin duda era una palabra articulada, o, mejor, varias palabras articuladas con pequeñas diferencias, variaciones expermientales de un tema, de una razíz, quizá de un nombre.
         Hurbinek, que tenía tres años y quizá había nacido en Auschwitz y nunca vio un árbol; Hurbinek, que había luchado como un hombre, hasta el último aliento, por ganarse la entrada al mundo de los hombres, del que un poder bestial le había excluido; Hurbinek, el sin nombre, cuyo diminuto antebrazo -también el suyo- llevaba el tatuaje de Auschwitz; Hurbinek murió en los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada ha quedado de él: su testimonio son estas palabras mías.

Primo Levi, La Tregua, 1963