A. López-Peláez – La magnitud de la derrota

por Antonio López-Peláez

En 1989 Enrique Krauze, hijo y nieto de judíos polacos emigrados a México en los años treinta, viajó por primera vez a la tierra de sus mayores. Como era de temer, descubrió que del pueblo que le habían descrito de niño no subsistía nada: ni el mercado, ni las sinagogas, ni el cementerio, ni el puente sobre el río Bug. Huelga decir que tampoco quedaba un solo judío. La historia, más que pasar página, había cerrado el libro entero. Ese mismo día, Krauze se entrevistó con Marek Edelman, el último líder vivo de la sublevación del gueto de Varsovia. Edelman pasó horas con él y le contó en detalle lo que había presenciado allí. Todo. Y, a modo de conclusión, le espetó: “Hitler no perdió. Hitler ganó. Esos doce años de nazismo destruyeron el humanismo europeo. El pasado que usted trata de encontrar está muerto.” Krauze, no obstante, ha seguido con su búsqueda. Cree, y así lo dice, que el rescoldo de ese pasado perdido se aviva con el acto mismo de perseguirlo. Edelman murió hace apenas un año. Le enterraron en Varsovia con honores de héroe nacional. En una de sus últimas declaraciones públicas afirmó que el antisemitismo no necesitaba a los judíos para persistir. Que era perfectamente capaz de sobrevivirles a todos y cada uno de ellos.