Antonio López-Peláez – En la frontera

por Antonio López-Peláez

El puesto fronterizo no era más que una barraca con el techo de paja y las paredes de latón. En el interior el calor debía de resultar insoportable, porque el oficial había tenido que improvisar una especie de porche con tres palos y un pedazo de tela desflecada desde donde vigilaba el camino sentado en una mecedora. Tenía una radio pegada a la oreja y un manojo de plátanos en el regazo. A su alrededor pululaba un puñado de pollos desmedrados. No había signos de vida en kilómetros a la redonda, conque aquello podía considerarse como una avanzadilla de la civilización. Así, al menos, lo vimos Bilaal y yo después de tres días de marcha en plena selva. Habíamos entrado en Guinea Conakry a través de los Montes Nimba hasta llegar a las cuevas de Selinngbala y, después de acampar allí y pasarnos un día entero sacando calcos de pinturas rupestres, habíamos hecho el camino de vuelta a Costa de Marfil siguiendo el curso del arroyo que alimentaba al Cavally. Conque al término del viaje los dos estábamos agotados, comidos por los mosquitos, y muertos de hambre y sed. No obstante, nuestro estado no resultó lo suficientemente lastimoso como para conmover al oficial. Se limitó a indicarnos con un gesto que le entregásemos nuestra documentación, sin tomarse la molestia de despegarse la radio del oído. Le tendimos nuestros papeles, los cogió con la mano libre y siguió escuchando las noticias abanicándose con ellos. Después de un buen rato, soltó un breve suspiro, bajó el volumen de la radio y se dignó echarles una ojeada. A Bilaal le devolvió de inmediato los suyos, pero los míos parecieron interesarle más, y estuvo casi veinte minutos examinándolos con una minuciosidad desconcertante. Por fin se levantó de la silla dejando caer los plátanos del regazo e hizo ademán de dirigirse a mí, pero en el último momento pareció pensárselo mejor y se quedó de pie rascándose la cabeza con gesto meditabundo. De pronto se guardó en el bolsillo mi pasaporte y mi visado, dio media vuelta sin decir palabra y entró en la barraca dejándonos plantados en el porche.

          -¿Qué es lo que pasa? –pregunté a Bilaal.

         -Nada. Esté tranquilo.

         -¿Tenía que haber metido un billete en el pasaporte?

         -Claro que no. Eso ni se le ocurra.

          -¿Y qué hacemos ahora?

         -Esperar.

         Esperamos. El calor aumentó. El rugido de las chicharras se hizo abrumador. La radio se desintonizó y empezó a emitir un chisporroteo enervante. Cuando noté los primeros calambres en las piernas, opté por sentarme sobre un haz de leña arrumbado junto a la puerta. De inmediato, Bilaal torció el gesto y negó con la cabeza.

          -No haga eso –gruñó-. Nada de sentarse.

          -¿Por qué?

          -Hay que mostrar respeto.

          -¿Hablas en serio?

          -¿Me ha oído alguna vez hablar en broma?

          Reuní los pocos arrestos que me quedaban y volví a ponerme en pie. Las chicharras se dieron un respiro, pero una bandada de grajos tomó el relevo y rompió a graznar furiosamente desde el follaje de las ceibas que circundaban la barraca. Seguimos esperando durante más de una hora, sin dejar de mostrar ni un instante el debido respeto. Para cuando el oficial volvió por fin a hacer acto de presencia, los oídos me zumbaban, la cabeza me daba vueltas y tenía el cuerpo tan agarrotado que apenas podía moverme. Se dirigió a mí con ademán solemne y me preguntó pausadamente quién era, a qué me dedicaba, de dónde venía, adónde iba, a quién conocía en Costa de Marfil, cuánto tiempo había pasado en lo que él llamaba el extranjero… Contesté con pormenores a todas y cada una de sus preguntas en el tono más sumiso posible. Estaba tan desesperado por quitármelo de encima que ni siquiera me sentí mal por ello. Cuando ya no le quedó ninguna pregunta por hacer, me escudriñó de arriba abajo con aire circunspecto, y después volvió a empezar. Desde el principio. Respondí de nuevo a todo con algo menos de aplomo, pero la misma docilidad. Ni siquiera le miraba a los ojos. Imitaba a Bilaal, que en ningún momento levantaba la vista del suelo en su presencia. Mientras explicaba detalladamente una vez más el proceso mediante el que calcábamos las pinturas de las cuevas en planchas de celofán, el oficial dejó escapar un suspiro y se llevó el índice a los labios para pedirme silencio. Luego echó una última ojeada a mis papeles y acto seguido me los metió con brusquedad en el bolsillo de la camisa. Eso fue todo. Cuando quise dar las gracias, ya se había metido de nuevo en la barraca.

          -¿Podemos irnos? –pregunté a Bilaal.

          -Claro.

          -Me cuesta creerlo.

          -A usted le cuesta creérselo todo.

          No repliqué. Me pareció ver moverse la estera que hacía las veces de puerta de la choza, y me faltó tiempo para echar mano a mi mochila, salir de un salto del porche y tomar a toda prisa el camino de Gouéla sin mirar atrás. No tuve en cuenta a Bilaal, pero tampoco hizo falta: reaccionó casi a la par que yo, y en cuestión de segundos ya estaba trotando dos pasos por delante.

           Nos internamos a marchas forzadas en el bosque de ceibas, protegidos del sol por el follaje y rodeados de un silencio abrumador. Las ampollas nos estaban matando a ambos, pero se imponía alejarse lo antes posible del puesto fronterizo, de manera que no nos permitimos detenernos hasta llegar a un arroyo  que atravesaba el camino de lado a lado. Era poco más que un hilillo de fango acuoso, pero bastó para hacernos flaquear. Nos paramos en seco, nos quitamos las botas y metimos los pies en el agua prácticamente a un tiempo. Estaba tibia y hervía de renacuajos, pero aun así suponía, si no un bálsamo, al menos un cierto alivio. Permanecimos un buen rato en silencio, sentados al borde del riachuelo con los tobillos en remojo mientras recuperábamos poco a poco el aliento. No obstante, yo seguía sin tenerlas todas conmigo y no dejaba de vigilar el camino que habíamos dejado a nuestra espalda. Cuando Bilaal se dio cuenta, me puso la mano en el hombro y se dirigió a mí como a un niño pillado en falta.

          -No se preocupe. Todo está en regla. Ya no le molestarán más.

          -No me fío.

          -Fíese. Y compréndalo. Tenemos un problema con nuestras fronteras. Un problema serio.

          -Sí. Vuestra guardia nacional.

          Bilaal sonrió sin ganas y sacudió la cabeza.

          -No lo entiende. Usted piensa que todos los africanos somos iguales. Pero Costa de Marfil es una democracia moderna. Un país desarrollado.

          -¿De verdad te crees lo que estás diciendo?

          -Claro que sí. Y también los ghaneses, los liberianos, los malienses, los guineanos, los burkineses… Esa gente se mata por entrar aquí. Y esto no es Francia. Aquí no hay sitio para todos.

          Me sentí tentado de aclararle para quién había sitio en Francia, pero justo en ese momento apareció alguien tras el primer recodo del camino. Un viejo menudo y fibroso que empujaba una carretilla llena de gallinas decapitadas. Al llegar a nuestra altura sonrió y saludó a la manera musulmana. Bilaal le imitó, y acto seguido se puso en pie y le ayudó a pasar la carretilla al otro lado del arroyo. El viejo se lo agradeció con una parrafada en malinké, se despidió haciendo una especie de reverencia grotesca y emprendió de nuevo la marcha con su cargamento de gallinas muertas. Conforme se alejaba, advertí que llevaba colgando del cinturón un machete que aún goteaba sangre.

          -No sé si me he explicado bien –prosiguió Bilaal, acercándose de nuevo-. En realidad, lo que quiero decir…

          -Ya sé lo que quieres decir –le interrumpí-. Lo que quieres decir es que hay negros y negros.

          Bilaal me miró arrugando el ceño y luego asintió lentamente con la cabeza.

          -Algo parecido –murmuró entre dientes.

        Volvió a sentarse a mi lado con aire taciturno y dejó escapar algo a medio camino entre un suspiro y un gruñido. No me di por enterado. Me limpié el sudor de la frente con el pañuelo y chapoteé suavemente con los pies en el agua. Los renacuajos huyeron en todas direcciones. Un sapo parduzco saltó a la orilla y trató de ocultarse tras una mata de juncos resecos. Algo blando y tibio pasó rozándome levemente el talón.

          -Aunque yo no lo habría dicho así –añadió Bilaal en tono sosegado.

         -En realidad yo tampoco. Es el cansancio. Me nubla el entendimiento. Y me desata la lengua.

        -Descanse entonces.

        -Estoy en ello.

       Una papaya podrida cayó de un árbol justo a nuestra espalda y se reventó contra el suelo. Ninguno de los dos hizo amago de volverse. Permanecimos inmóviles, sin mirarnos, con los pies metidos en el agua y la vista fija en el camino. Ambos sabíamos que faltaba un buen trecho hasta llegar a Gouéla. Y que aún no nos habíamos alejado lo suficiente del puesto fronterizo. Pero allí nos quedamos, como dos excursionistas disfrutando de un picnic campestre. Al fin y al cabo, estábamos en un país civilizado. Bilaal lo había dicho alto y claro. Y era de temer que no le faltara razón.