A. López-Peláez – La tribu fiel

por Antonio López-Peláez

En una reunión con un grupo escogido de intelectuales celebrada en octubre de 1932, Stalin dio una de las órdenes más esperpénticas de su bien surtido repertorio. Los artistas soviéticos, dictaminó, tenían el deber de convertirse en ingenieros de almas humanas. Ni más ni menos. A los aludidos, por descontado, les faltó tiempo para ponerse a la tarea sin escatimar esfuerzos. Lógicamente. En la Unión Soviética de los años treinta había cosas que convenía no tomarse a broma. Más sorprendente, sin embargo, resulta el hecho de que buena parte de sus colegas europeos se sumaran a la empresa con un fervor y una obstinación sonrojantes. Probablemente porque en el fondo –o no tan en el fondo- no les disgustaba del todo la idea de ejercer como pastores de la grey. Y también, claro, por la necesidad patológica de obedecer órdenes que caracteriza al gremio en cuestión. Son muy contados los que pueden librarse de ese impulso instintivo. Y más contados aún los que quieren.