mercancía en desuso

Mes: octubre, 2010

Antonio López-Peláez – En la frontera

El puesto fronterizo no era más que una barraca con el techo de paja y las paredes de latón. En el interior el calor debía de resultar insoportable, porque el oficial había tenido que improvisar una especie de porche con tres palos y un pedazo de tela desflecada desde donde vigilaba el camino sentado en una mecedora. Tenía una radio pegada a la oreja y un manojo de plátanos en el regazo. A su alrededor pululaba un puñado de pollos desmedrados. No había signos de vida en kilómetros a la redonda, conque aquello podía considerarse como una avanzadilla de la civilización. Así, al menos, lo vimos Bilaal y yo después de tres días de marcha en plena selva. Habíamos entrado en Guinea Conakry a través de los Montes Nimba hasta llegar a las cuevas de Selinngbala y, después de acampar allí y pasarnos un día entero sacando calcos de pinturas rupestres, habíamos hecho el camino de vuelta a Costa de Marfil siguiendo el curso del arroyo que alimentaba al Cavally. Conque al término del viaje los dos estábamos agotados, comidos por los mosquitos, y muertos de hambre y sed. No obstante, nuestro estado no resultó lo suficientemente lastimoso como para conmover al oficial. Se limitó a indicarnos con un gesto que le entregásemos nuestra documentación, sin tomarse la molestia de despegarse la radio del oído. Le tendimos nuestros papeles, los cogió con la mano libre y siguió escuchando las noticias abanicándose con ellos. Después de un buen rato, soltó un breve suspiro, bajó el volumen de la radio y se dignó echarles una ojeada. A Bilaal le devolvió de inmediato los suyos, pero los míos parecieron interesarle más, y estuvo casi veinte minutos examinándolos con una minuciosidad desconcertante. Por fin se levantó de la silla dejando caer los plátanos del regazo e hizo ademán de dirigirse a mí, pero en el último momento pareció pensárselo mejor y se quedó de pie rascándose la cabeza con gesto meditabundo. De pronto se guardó en el bolsillo mi pasaporte y mi visado, dio media vuelta sin decir palabra y entró en la barraca dejándonos plantados en el porche.

          -¿Qué es lo que pasa? –pregunté a Bilaal.

         -Nada. Esté tranquilo.

         -¿Tenía que haber metido un billete en el pasaporte?

         -Claro que no. Eso ni se le ocurra.

          -¿Y qué hacemos ahora?

         -Esperar.

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Epígrafe a “De Incertitudine et Vanitate Scientiarum”

 
Entre los dioses, transtornan a todos las burlas de Momo.
Entre los héroes, Hércules da caza a todos los monstruos.
Entre los demonios, el Rey del Infierno, Plutón, oprime todas las sombras.
Mientras, Heráclito ante todo llora.
Nada sabe de nada Pirrón.
Y de saberlo todo se jacta Aristóteles.
Desdeñoso de lo mundano se muestra Diógenes.
A nada de esto, yo Agrippa, soy ajeno.
Desprecio, sé, no sé, persigo, río, tiranizo, me quejo.
Soy filósofo, dios, héroe, demonio y el universo entero.

Agrippa von Nettesheim, De Incertitudine et Vanitate Scientiarum, 1531

A. López-Peláez – La tribu fiel

En una reunión con un grupo escogido de intelectuales celebrada en octubre de 1932, Stalin dio una de las órdenes más esperpénticas de su bien surtido repertorio. Los artistas soviéticos, dictaminó, tenían el deber de convertirse en ingenieros de almas humanas. Ni más ni menos. A los aludidos, por descontado, les faltó tiempo para ponerse a la tarea sin escatimar esfuerzos. Lógicamente. En la Unión Soviética de los años treinta había cosas que convenía no tomarse a broma. Más sorprendente, sin embargo, resulta el hecho de que buena parte de sus colegas europeos se sumaran a la empresa con un fervor y una obstinación sonrojantes. Probablemente porque en el fondo –o no tan en el fondo- no les disgustaba del todo la idea de ejercer como pastores de la grey. Y también, claro, por la necesidad patológica de obedecer órdenes que caracteriza al gremio en cuestión. Son muy contados los que pueden librarse de ese impulso instintivo. Y más contados aún los que quieren.

De “La Tiranía de la Penitencia”

De modo que los euroamericanos sólo tendríamos la obligación de expiar sin fin lo que le hemos hecho al resto de la humanidad. ¿Cómo dejar de ver que nos convertimos por eso mismo en rentistas de la autodenuncia y que nos produce un orgullo singular ser los peores? De hecho, la denigración de uno mismo apenas disimula una glorificación encubierta. El mal sólo puede venir de nosotros; los demás están animados por la simpatía, la benevolencia, el candor. Paternalismo de la mala conciencia: considerarse los reyes de la infamia es tanto como seguir en la cima de la historia. Desde Freud sabemos que el masoquismo sólo es un sadismo a la inversa, una pasión por dominar dirigida contra uno mismo. Europa sigue siendo mesiánica en un tono menor, militante de su propia debilidad, exportadora de humildad y cordura. Su aparente desprecio de sí misma a duras penas esconde una extrema fatuidad. Sólo admite su propia barbarie, ésa es su arrogancia, pero se la niega a los demás, encuentra para ellos circunstancias atenuantes (lo cual sólo es una manera de negarles toda responsabilidad).

Pascal Bruckner, La Tiranía de la Penitencia, 2006