A. López-Peláez – De la resignación como actitud subversiva

por Antonio López-Peláez

No es la única paradoja que se da en la sociedad posindustrial, pero sí una de las más llamativas: cuantos mayores niveles de bienestar se alcanzan, cuantos más derechos  se reconocen y se disfrutan, cuanto más civilizada y pacífica se vuelve la convivencia, la decepción generalizada alcanza cotas de auténtica neurosis colectiva. Lo que Peter Sloterdijk llama la comedia de la desdicha está a la orden del día. La hiperopulencia produce ciudadanos permanentemente ofendidos que vociferan un catálogo interminable de desgracias e injusticias lacerantes. El quien no llora no mama se ha extendido de tal forma que ya no hay teta para tantos llorones. Ante este panorama, no queda sino refugiarse en uno de los conceptos más denostados por tirios y troyanos: el conformismo. A estas alturas, ser conformista y comportarse como tal es una de las pocas formas de resistencia eficaz a la abrumadora cultura de la queja. Supone, claro, quedarse en minoría y hacer un papel muy poco lucido. Aunque también es cierto que hay quien lo tiene tan interiorizado que incluso se las arregla para desempeñarse con cierta gracia. Todo es cuestión de perseverar.