José Gutiérrez Solana – La Corrida

por Antonio López-Peláez

Ha salido la cuba de regar para regar la arena de la plaza. Todo el ruedo está lleno de mozos preparados con cachavas y varas. En los soportales de la plaza están las distracciones humildes: la rifa, el tiro al blanco, el carro de los helados y el de los caramelos de colores. Desde aquí destaca todo el pueblo, que se recoge por encima de los aleros de las casas. En lo alto, la maciza torre de la iglesia de la Concepción y otras torres de conventos.
            Todo tiene una alegría bárbara de fiesta de domingo, todo relumbrando al sol: las colgaduras y los trajes de todas las mujeres, apiñadas y sentadas en las sillas de los innumerables balcones. Allá a lo lejos, en los muros de la iglesia, los chicos y demás personas mayores que no han podido entrar en la plaza por no gastarse dinero se mueven como un hormiguero. Después que han regado bien la plaza y han traído el agua de un lavadero de al lado del Ayuntamiento (pues en Chinchón hay pocas fuentes y por eso se ven en los patios y corrales de las casas tantas tinajas y, a veces, un gran trozo de tinaja rota, colocada entre dos piedras, para que beba el ganado), llega la presidencia: el alcalde con chistera y su fajín; a su lado se sienta el cura de Chinchón; ambos se quitan el sombrero para saludar al público, y luego se sientan. A su lado toman asiento los concejales. En el balcón de al lado están los músicos, que tocan una marcha taurina. Luego suena el clarín.    
             Se abre el chiquero y sale corriendo un toro con muchos cuernos y tipo de buey. Los mozos huyen despavoridos y dejan el ruedo limpio. Unos se tiran de cabeza por la barrera, pero pronto empiezan a asediar al toro: le dan con los palos en el hocico y en las nalgas y le torean con las fajas. Uno lleva atado en una cuerda un trapo rojo y lo tira al aire; el toro sale engañado al embestir en vano. Cuando el toro está distraído, pasa uno corriendo de lejos y le da un palo y todos a la vez aprovechan esta ocasión para pasar y apalear al animal. También sacan las hondas del bolsillo y las restallan silbando en las orejas del toro. El bárbaro que iba en el tren estaba medio desnudo, con la camisa toda desgarrada, enseñando la carne; daba muchos alaridos y sonaba mucho la honda que tenía en la mano disparando contra el toro algunas piedras.

            Toda la barrera está ocupada de mozos, y en la segunda barrera, la empalizada de troncos de árboles, trepan por los barrotes las mozas del pueblo, y hasta las mujeres viejas se encaraman para ver la corrida. Cuando el toro engancha a algún mozo por la faja y lo tira al alto empiezan todas a chillar y un gran vocerío de angustia llena la plaza. Bajo el encendido sol la masa de gente huele muy mal, a sudor y a establo, por el calor. Los mozos que no se atreven a salir al redondel, los más cobardes y prudentes, se tiran al suelo y sacan la cabeza y el cuerpo por debajo de la barrera y cuando se acerca el toro a las tablas, como no se les puede cornear, le dan fuertes palos en los hocicos. Se ve cómo los largos y amarillentos cuernos golpean la barrera, convirtiendo al toro manso en fiera, mientras cae una lluvia de palos en su cabeza. El toro busca rabioso el bulto y coge a un mozo y le da dos o tres volteretas, cayendo de cabeza contra el suelo y abriéndose la cabeza. Se le llena la camisa de sangre y le llevan a la enfermería entre un gran vocerío, silbidos y aullidos de mujer. Cuando el toro está ya mareado, rendido y molido a palos, salen los cabestros y vuelve al corral no sin haber tardado mucho pues los mozos también quieren torear a los cabestros.

            Los músicos tocan y los mozos se ponen a bailar al agarrado demostrando sus grandes condiciones de bailarines más que de toreros. Luego sale otro toro y vuelven a hostigarle. Cada toro está media hora en el ruedo hasta que lo retiran al corral, pero los espectadores y mozos no se rinden de tanta barbarie. Un cansancio y una tristeza abrumadores reinan en la plaza.

            Un viejo que está a mi lado me cuenta detalles de otras capeas  que él vio.
            -Éstos no son toros –me dice-, están ya muy corridos por los pueblos; están cansados y no tienen sangre; todos son bueyes de carreta. Aquí en esta plaza ha habido varias muertes de mozos. Cuando yo era joven, en una corrida, mató el toro a dos mozos. ¿Ve a ésos que asoman el cuerpo por debajo de la barrera? Pues allí corneó a uno en la cabeza y, clavada al cuerno, lo sacó fuera del escondite como un pelele: se le veían todos los sesos por el agujero que le dejó en ella. Luego el toro alcanzó a un mozo en medio de la plaza y lo destrozó a cornadas dejándole muerto. ¡Aquél sí que era un toro, negro y de alzada y con muchas canas en el testuz, viejo y de casta! Otra vez hubo en una corrida muchos heridos. Los mozos, en vez de de capearlos, empezaron a pincharlos con las navajas, mutilándolos y cortándoles las orejas, concluyendo por convertirlos en fieras; repartieron muchas cornadas. La Guardia Civil bajó a la plaza tirando tiros. Una oleada de gente se precipitó a la puerta y el alcalde fue arrollado y apaleado, rompiéndole una pierna y quedando cojo para toda su vida.
            Yo me despido de este viejo, pues con el calor se me ha quedado la lengua seca y estoy sudando a mares. Voy a la taberna a beber algo de vino, pero todas las tabernas tienen la puerta cerrada. Los dueños han trancado las puertas para ver la corrida. Pero lo que me produce más indignación es que tampoco podré fumar porque el  estanco está cerrado.
            Los mozos siguen bailando en el redondel unos con otros al agarrado modernista de cabaret o “kursaal”, esperando a que suene el clarín para la corrida formal. Ya van cuatro toros y dicen que, después de ser corridos los dos toros de lidia, se soltarán los otros dos toros de capea; uno de ellos es el que se demandó esta mañana y le cortaron las orejas y el rabo. En el patio del café hay una gran aglomeración de gente, pues de aquí sale la cuadrilla. A un aviso, se retiran los mozos del redondel y un chulo, montado en un caballo que caracolea al sol, sale a correr la llave; se para enfrente del palco del Ayuntamiento y el alcalde se levanta de su asiento y tira la llave. Luego atraviesan el redondel unos cuantos caballos viejos, las mulillas y la cuadrilla.
            Los picadores se llevan muchas costaladas; el toro es de poder y saca las tripas a cinco caballos que hacen regueros de sangre por la plaza. Los hombres y las mujeres trepan más por los palos de la barrera y piden más caballos. Llega la hora de matar y el espada se coloca enfrente de la presidencia. El alcalde y el cura de Chinchón, sombrero en mano, corresponden al brindis. Después de ser muerto el toro, el cura y el alcalde vuelven a levantarse y a saludar para dar las gracias al matador. El cura vuelve a ponerse la teja.
            Yo me marcho de la plaza cuando suena el clarín para salir el otro toro de muerte, ya cansado de tanta bestialidad, y me dirijo a las afueras del pueblo para hacer tiempo a que llegue el tren para irme a Madrid. Recorro muchas calles que no había visto y las cuestas de los arrabales. Muchas esquinas de las calles que dan al campo están interceptadas por carros de labranza y pesadas carretas de bueyes, amarradas por la lanza, tapando los callejones para que los toros, si se desmandan al enchiquerarlos, no puedan entrar por los sitios de más peligro, los callejones que dan a las calles de más tránsito. Es necesario saltar por entre las ruedas de estos carros. En una calleja que tiene unas casas muy bajas con corrales, tapadas las puertas con colchas de la cama, están las prostitutas de Chinchón; tienen lunares pintados y fuman; una tiene toda la cara comida de enfermedad.
            Salgo al campo. Se ven muchos montones de trigo. Me siento en una piedra a merendar y me paso un buen rato viendo trillar. Hay un olor sano de campo y de hierba y un silencio no turbado sino por un pequeño grito de un mozo de labranza, a lo lejos, que arrea al ganado. Las mulas, cansadas, dan las últimas vueltas. El cielo se tiñe ligeramente de rosa con el crepúsculo y luego se incendia de rojo. Tiene esta hora inefable un gran encanto. Las muchachas del pueblo, abrazadas por la cintura y unidas estrechamente de la mano, regresan del paseo a sus casas.
            Cuando me meto, ya de noche, en el tren, una gran muchedumbre lo asalta para regresar a Madrid, malhumorada y ahíta de toros y barbarie. Me entero de que, después de los toros de muerte, volvieron a soltar dos de la capea y que salió desangrándose el toro al que cortaron las orejas y el rabo por la mañana cuando se desmandó. Le mataron entre todos a fuerza de pincharle con las navajas y le mutilaron cruelmente pues todos se querían llevar como trofeo un recuerdo suyo a sus casas. Tuvo que intervenir la Guardia Civil y se llevaron presos a muchos.

José Gutiérrez Solana, La España Negra, 1920