mercancía en desuso

Mes: septiembre, 2010

De “Ravelstein”

La forma que yo tenía de enfocar esta cuestión era que uno, antes de nacer, no sabe nada de la vida en este mundo. El reto oculto consiste en captar este misterio, el mundo. Se viene de la nada, del no ser o del olvido primordial, y se irrumpe en una realidad articulada y pelenamente desarrollada. No se ha visto nunca la vida. En el intervalo de luz entre la oscuridad donde uno estaba esperando nacer y la oscuridad de la muerte, que ha de recibirlo algún día, tiene que captar lo que pueda de la realidad, que ya estaba en un estadio de desarrollo muy avanzado. Yo había esperado milenios para verla.

Saul Bellow, Ravelstein, 2000

A. López-Peláez – De la resignación como actitud subversiva

No es la única paradoja que se da en la sociedad posindustrial, pero sí una de las más llamativas: cuantos mayores niveles de bienestar se alcanzan, cuantos más derechos  se reconocen y se disfrutan, cuanto más civilizada y pacífica se vuelve la convivencia, la decepción generalizada alcanza cotas de auténtica neurosis colectiva. Lo que Peter Sloterdijk llama la comedia de la desdicha está a la orden del día. La hiperopulencia produce ciudadanos permanentemente ofendidos que vociferan un catálogo interminable de desgracias e injusticias lacerantes. El quien no llora no mama se ha extendido de tal forma que ya no hay teta para tantos llorones. Ante este panorama, no queda sino refugiarse en uno de los conceptos más denostados por tirios y troyanos: el conformismo. A estas alturas, ser conformista y comportarse como tal es una de las pocas formas de resistencia eficaz a la abrumadora cultura de la queja. Supone, claro, quedarse en minoría y hacer un papel muy poco lucido. Aunque también es cierto que hay quien lo tiene tan interiorizado que incluso se las arregla para desempeñarse con cierta gracia. Todo es cuestión de perseverar.

José Gutiérrez Solana – La Corrida

Ha salido la cuba de regar para regar la arena de la plaza. Todo el ruedo está lleno de mozos preparados con cachavas y varas. En los soportales de la plaza están las distracciones humildes: la rifa, el tiro al blanco, el carro de los helados y el de los caramelos de colores. Desde aquí destaca todo el pueblo, que se recoge por encima de los aleros de las casas. En lo alto, la maciza torre de la iglesia de la Concepción y otras torres de conventos.
            Todo tiene una alegría bárbara de fiesta de domingo, todo relumbrando al sol: las colgaduras y los trajes de todas las mujeres, apiñadas y sentadas en las sillas de los innumerables balcones. Allá a lo lejos, en los muros de la iglesia, los chicos y demás personas mayores que no han podido entrar en la plaza por no gastarse dinero se mueven como un hormiguero. Después que han regado bien la plaza y han traído el agua de un lavadero de al lado del Ayuntamiento (pues en Chinchón hay pocas fuentes y por eso se ven en los patios y corrales de las casas tantas tinajas y, a veces, un gran trozo de tinaja rota, colocada entre dos piedras, para que beba el ganado), llega la presidencia: el alcalde con chistera y su fajín; a su lado se sienta el cura de Chinchón; ambos se quitan el sombrero para saludar al público, y luego se sientan. A su lado toman asiento los concejales. En el balcón de al lado están los músicos, que tocan una marcha taurina. Luego suena el clarín.    
             Se abre el chiquero y sale corriendo un toro con muchos cuernos y tipo de buey. Los mozos huyen despavoridos y dejan el ruedo limpio. Unos se tiran de cabeza por la barrera, pero pronto empiezan a asediar al toro: le dan con los palos en el hocico y en las nalgas y le torean con las fajas. Uno lleva atado en una cuerda un trapo rojo y lo tira al aire; el toro sale engañado al embestir en vano. Cuando el toro está distraído, pasa uno corriendo de lejos y le da un palo y todos a la vez aprovechan esta ocasión para pasar y apalear al animal. También sacan las hondas del bolsillo y las restallan silbando en las orejas del toro. El bárbaro que iba en el tren estaba medio desnudo, con la camisa toda desgarrada, enseñando la carne; daba muchos alaridos y sonaba mucho la honda que tenía en la mano disparando contra el toro algunas piedras.
Leer el resto de esta entrada »

J. G. Herder – De las “Cartas para el Progreso de la Humanidad”

La locura se contagia igual que el bostezo, de la misma manera que los rasgos físicos o los estados de ánimo pasan de unos a otros, como una cuerda responde y corresponde a otra armónicamente. Si añadimos a esto el cuidadoso esfuerzo que lleva a cabo el loco para confiarnos sus opiniones predilectas como si se tratara de un tesoro, y si encima el loco sabe comportarse educadamente, ¿quién no compartirá con toda inocencia la locura de un amigo simplemente por complacerle y luego aceptará y transmitirá a otros esa creencia?
              Los seres humanos vivimos unidos gracias a nuestra buena fe y gracias a ella hemos aprendido, si no todo lo que sabemos, sí lo más provechoso. Además, ¿no suele decirse que los locos no mienten? La locura, en tanto que es locura, necesita participar en sociedad, la locura se crece en sociedad dado que en sí misma no tiene ni base ni certeza. Para alcanzar sus propósitos se sirve hasta de la peor de las sociedades.
              La locura nacional es todavía más terrible. Lo que ha echado raíces en una nación, lo que un pueblo aprecia y reconoce, ¿cómo no va a ser verdadero? ¿Quién podría dudarlo? El lenguaje, las leyes, la educación, la manera cotidiana de vivir, todo lo consolida e insiste en lo mismo. Aquel que no comparta la locura nacional es un idiota, un enemigo, un hereje, un extranjero. Si además, como suele suceder, esa locura es cómoda o beneficiosa para grupos sociales concretos, muy especialmente los más distinguidos, o incluso beneficiosa para todos (según suele decir la locura misma), si la han cantado los poetas y la han publicado los filósofos, y, en fin, si la opinión popular proclama que justamente esa locura es la gloria total de la nación, ¿quién les llevaría la contraria? ¿Quién no optaría, aunque sólo fuera por cortesía, a sumarse a ella?
              Incluso las dudas que podría provocar una locura contraria no hacen sino consolidar la ya aceptada pues los caracteres de los pueblos, las sectas, los estamentos y las gentes chocan unos con otros y por eso las personas buscan un acuerdo común. De este modo la locura se convierte en el auténtico escudo nacional, así como en blasón estamental o estandarte gremial, según los casos.
              En verdad que es terrible cómo se aferra la locura a las palabras tan pronto como queda impresa en ellas con toda su fuerza. Un reputado jurista llegó a decir que hay un conjunto de imágenes dañinas unido a la palabra «sangre»: «limpieza de sangre», «justicia de sangre», «sed de sangre»… A las palabras «herencia», “posesión”, «propiedad» les sucede lo mismo. Palabras y signos que no tenían en sí ningún significado fueron adoptados por los partidos políticos y con una locura contagiosa trastornaron mentes, destruyeron amistades y familias, asesinaron personas y arrasaron países y naciones. La historia está llena de esos nombres demoníacos y podríamos escribir con ellos un diccionario de la locura que daría cuenta de los más veloces cambios y los más drásticos contrastes.
 

Johann Gottfried Herder, Carta 46 de las Cartas para el Progreso de la Humanidad,  1794.

 

Matización obligada

En una de sus cartas a la marquesa de Deffand, Voltaire escribió algo no tan ingenioso como cabría esperar de él, pero bastante más certero de lo acostumbrado:

Juego con la vida; es para lo único que sirve.

Suscribo la frase hoy con el mismo convencimiento que cuando la leí por primera vez, hace más de veinte años. Aunque nunca me ha acabado de convencer el tono resignado que la impregna. ¿Para lo único? El juego no es poca cosa. El juego lo es todo. Lo saben hasta sus enemigos acérrimos. Ellos más que nadie.