De “El antropólogo inocente”

por Antonio López-Peláez

No hay por qué aceptar la opinión del liberal romántico en el sentido de que todo lo bueno de África procede de las tradiciones indígenas y todo lo malo es legado del imperialismo. Hasta a los africanos cultos les cuesta aceptar que se pueda ser negro y racista, aunque poseen lo que nosotros llamaríamos esclavos y escupen en el suelo para limpiarse la boca después de pronunciar el nombre de los dowayos. El doble estereotipo quedó ejemplarizado por un estudiante universitario con el que estaba hablando de la matanza de blancos ocurrida en Zaire. Les estaba bien empleado, mantenía, eran unos racistas. Y se notaba que eran racistas porque eran todos blancos. ¿Quería eso decir que aceptaría él a una dowayo como esposa? Me miró como si estuviera loco. Un fulani no podía casarse con una dowayo. Eran perros, meros animales. ¿Qué tenía eso que ver con el racismo?

Nigel Barley, El antropólogo inocente, 1989