De “Rebelarse vende” (J. Heath y A. Potter)

por Antonio López-Peláez

En cualquier caso, parece claro que a los trabajadores no les interesaba demasiado liberar su imaginación. En vez de abarrotar las galerías de arte y los recitales de poesía, han seguido manteniendo una afición malsana por los deportes, la televisión y las bebidas alcohólicas. Naturamente, esto alimenta la molesta sospecha de que al gran público le pueda gustar el capitalismo, que pueda realmente querer poseer productos de consumo. Parece sugerir que la incapacidad del capitalismo para satisfacer las “necesidades profundas” de la gente  quizá no sea tan grave, sencillamente porque esas necesidades profundas no existen. En otras palabras, los académicos parecen haber confundido los intereses de su propia clase social con los intereses generales de la población, dando por hecho que “lo bueno para mí” es “lo bueno para la sociedad” (¡ni mucho menos son los primeros en cometer un error semejante!).

La incómoda suposición de que al gran público pueda gustarle el capitalismo se ve reforzada por la constatación de que la rebeldía contracultural no parece servir para nada. Al contrario que en la película Pleasantville, donde la transformación social es instantánea, radical y muy visible, en el mundo real la “libertad de imaginación” no parece estimular al proletariado, y mucho menos abolir la injusticia, eliminar la pobreza ni impedir la guerra. Además, a la ideología capitalista no parecen afectarle los actos de rebeldía contracultural. La sociedad conformista caricaturizada en Pleasantville es muy rígida, tanto que cualquier indicio de individualismo se considera un peligro mortal: el anticonformismo debe eliminarse o desestabilizará todo el sistema. Por eso la primera generación de hippies hizo todo lo posible para eliminar la vestimenta típica de la década de los cincuenta: los hombres se dejaron barba y pelo largo, negándose a ponerse chaqueta y corbata; las mujeres empezaron a llevar minifalda, tiraron a la basura todos sus sujetadores y dejaron de usar maquillaje, etcétera. Pero estas nuevas formas de vestir tardaron poco en saltar a la publicidad y los escaparates de las tiendas. Los grandes almacenes empezaron a llenarse de colgantes con el signo de la paz y collares largos. En vez de considerar a los hippies como una amenaza para el orden establecido, el “sistema” había sabido ver sus posibilidades comerciales. Y la estética punk se recibió exactamente del mismo modo. En las tiendas de Londres se vendían imperdibles de diseño mucho antes de que se separasen los miembros de los Sex Pistols.

¿Cómo se explica esto? Los rebeldes contraculturales creían estar haciendo algo verdaderamente radical que representaba un profundo cambio social. Su rebeldía pretendía amenazar seriamente al capitalismo, que dependía de un ejército de dóciles trabajadores dispuestos a someterse a la disciplina materialista del sistema. Sn embargo, el susodicho sistema parecía aceptar tranquilamente esta supuesta rebeldía. Y la falta de resultados visibles perjudicaba seriamente al ideario contracultural. Al fin y al cabo, según los rebeldes contraculturales, el fallo de la izquierda tradicional era su superficialidad, porque el cambio a que aspiraba era “meramente” institucional. Los rebeldes contraculturales, en cambio, decían atacar la opresión a un nivel más profundo. Sin embargo, pese al radicalismo de sus intervenciones no parecían conseguir ningún resultado concreto.

Llegado a este punto, el movimiento contracultural podría haberse visto con el agua al cuello de no haber sido por una auténtica genialidad: la teoría de la “apropiación”. Según este planteamiento, la “represión” impuesta por el sistema es más sutil que, por ejemplo, la Inquisición española. En un primer momento, al sistema le basta con asimilar la resistencia mediante la apropiación de sus símbolos, la eliminación de su contenido “revolucionario” y la comercialización del producto resultante. Con este bombardeo de incentivos por sustitución se consigue neutralizar la contracultura de tal manera que el público ni siquiera llegue a conocer su origen revolucionario. Es sólo al fallar esta apropiación inicial cuando se recurre a una represión flagrante y la “violencia inherente al sistema” queda de manifiesto.

Al incorporar esta teoría de la apropiación, la contracultura se convierte en una “ideología total”, en un sistema de pnsamiento completamente cerrado, inmune a la falsificación, en el que cada supuesta excepción tan sólo confirma la regla. Los rebeldes contraculturales llevan muchas generaciones fabricando música “subversiva”, pintura “subversiva”, literatura “subversiva” y ropa “subversiva”, por no hablar de las universidades abarrotadas de profesores que propagan ideas “subversivas” entre sus alumnos. Curiosamente, el sistema parece aguantar bien tanta subversión. Pero, ¿cabe pensar que no sea tan opresor como lo pintan? “Ni mucho menos”, contesta el rebelde contracultural. “Ésa es la constatación de que el sistema es incluso más opresor de lo que creíamos. ¡No hay más que ver lo bien que asimila tanta subversión!”

Joseph Heath/Andrew Potter, Rebelarse vende, 2004