“Una casa para el señor Biswas” – La épica del empecinamiento

por Antonio López-Peláez

Una casa para el señor Biswas, de V.S. Naipaul, es una historia insignificante protagonizada por un personaje insignificante en un lugar insignificante. Pero hay algo de epopeya en la lucha tenaz de Mohandas Biswas por llegar a poseer un lugar al que pueda llamar su casa. Como héroe, desde luego, está lejos de dar la talla: se trata de un individuo malhumorado, estrecho de miras, inepto y exasperante. Por si eso fuera poco, a lo largo de su vida todo conspira sin tregua contra él: la pobreza, la suerte, la tradición, la ignorancia. El hombre fracasa de mil y una maneras –todas ellas insoportablemente humillantes-, pero siempre se las arregla para ponerse de nuevo en pie y proseguir su batalla particular contra el destino sin rebajarse a cambiar de táctica: un paso adelante y dos atrás. En última instancia, tanta –y tan mal enfocada- tenacidad acaba por obtener su recompensa. Tardía, por descontado, y un tanto decepcionante. Como todo lo que uno se esfuerza más de la cuenta por alcanzar. En cualquier caso, al señor Biswas eso no parece importarle mucho. Tiene su casa. Su lugar en el mundo. Ya puede morir tranquilo. Eso, claro, es justamente lo que hace. Y aun después de muerto gana su último pulso: los dolientes abarrotan su vivienda durante todo un día y una noche; el suelo cruje, las escaleras se tambalean, el techo se comba. Pero la casa del señor Biswas resiste sin venirse abajo. Final feliz, pues. O algo parecido.

A. López-Peláez, julio de 2010