mercancía en desuso

Mes: julio, 2010

A. López-Peláez – Errores de juventud

Cuando tenía veinte años abundaban los individuos que repetían en todo momento y circunstancia que siempre se debía desconfiar del poder, que jamás había que doblegarse a las exigencias del poder, que resultaba obligado desafiar y plantar cara al poder, que era propio de cobardes y oportunistas hacerle el juego al poder, y otras cuantas docenas de variantes de la misma cantinela. Ese discurso, y esa insistencia en repetirlo a diestro y siniestro, me daban por aquel entonces muy mala espina, y en consecuencia siempre traté de poner tierra de por medio y mantenerme a distancia de sus voceros. Grave error. A veinte años vista, me doy cuenta de que debía haber hecho exactamente lo contrario: pegarme a ellos, seguirles a todas partes sin preguntar y no dejar su estela bajo ningún concepto. No supe verlo. Y era más que evidente.

De “El antropólogo inocente”

No hay por qué aceptar la opinión del liberal romántico en el sentido de que todo lo bueno de África procede de las tradiciones indígenas y todo lo malo es legado del imperialismo. Hasta a los africanos cultos les cuesta aceptar que se pueda ser negro y racista, aunque poseen lo que nosotros llamaríamos esclavos y escupen en el suelo para limpiarse la boca después de pronunciar el nombre de los dowayos. El doble estereotipo quedó ejemplarizado por un estudiante universitario con el que estaba hablando de la matanza de blancos ocurrida en Zaire. Les estaba bien empleado, mantenía, eran unos racistas. Y se notaba que eran racistas porque eran todos blancos. ¿Quería eso decir que aceptaría él a una dowayo como esposa? Me miró como si estuviera loco. Un fulani no podía casarse con una dowayo. Eran perros, meros animales. ¿Qué tenía eso que ver con el racismo?

Nigel Barley, El antropólogo inocente, 1989

De “Rebelarse vende” (J. Heath y A. Potter)

En cualquier caso, parece claro que a los trabajadores no les interesaba demasiado liberar su imaginación. En vez de abarrotar las galerías de arte y los recitales de poesía, han seguido manteniendo una afición malsana por los deportes, la televisión y las bebidas alcohólicas. Naturamente, esto alimenta la molesta sospecha de que al gran público le pueda gustar el capitalismo, que pueda realmente querer poseer productos de consumo. Parece sugerir que la incapacidad del capitalismo para satisfacer las “necesidades profundas” de la gente  quizá no sea tan grave, sencillamente porque esas necesidades profundas no existen. En otras palabras, los académicos parecen haber confundido los intereses de su propia clase social con los intereses generales de la población, dando por hecho que “lo bueno para mí” es “lo bueno para la sociedad” (¡ni mucho menos son los primeros en cometer un error semejante!).

La incómoda suposición de que al gran público pueda gustarle el capitalismo se ve reforzada por la constatación de que la rebeldía contracultural no parece servir para nada. Al contrario que en la película Pleasantville, donde la transformación social es instantánea, radical y muy visible, en el mundo real la “libertad de imaginación” no parece estimular al proletariado, y mucho menos abolir la injusticia, eliminar la pobreza ni impedir la guerra. Además, a la ideología capitalista no parecen afectarle los actos de rebeldía contracultural. La sociedad conformista caricaturizada en Pleasantville es muy rígida, tanto que cualquier indicio de individualismo se considera un peligro mortal: el anticonformismo debe eliminarse o desestabilizará todo el sistema. Por eso la primera generación de hippies hizo todo lo posible para eliminar la vestimenta típica de la década de los cincuenta: los hombres se dejaron barba y pelo largo, negándose a ponerse chaqueta y corbata; las mujeres empezaron a llevar minifalda, tiraron a la basura todos sus sujetadores y dejaron de usar maquillaje, etcétera. Pero estas nuevas formas de vestir tardaron poco en saltar a la publicidad y los escaparates de las tiendas. Los grandes almacenes empezaron a llenarse de colgantes con el signo de la paz y collares largos. En vez de considerar a los hippies como una amenaza para el orden establecido, el “sistema” había sabido ver sus posibilidades comerciales. Y la estética punk se recibió exactamente del mismo modo. En las tiendas de Londres se vendían imperdibles de diseño mucho antes de que se separasen los miembros de los Sex Pistols.

¿Cómo se explica esto? Los rebeldes contraculturales creían estar haciendo algo verdaderamente radical que representaba un profundo cambio social. Su rebeldía pretendía amenazar seriamente al capitalismo, que dependía de un ejército de dóciles trabajadores dispuestos a someterse a la disciplina materialista del sistema. Sn embargo, el susodicho sistema parecía aceptar tranquilamente esta supuesta rebeldía. Y la falta de resultados visibles perjudicaba seriamente al ideario contracultural. Al fin y al cabo, según los rebeldes contraculturales, el fallo de la izquierda tradicional era su superficialidad, porque el cambio a que aspiraba era “meramente” institucional. Los rebeldes contraculturales, en cambio, decían atacar la opresión a un nivel más profundo. Sin embargo, pese al radicalismo de sus intervenciones no parecían conseguir ningún resultado concreto.

Llegado a este punto, el movimiento contracultural podría haberse visto con el agua al cuello de no haber sido por una auténtica genialidad: la teoría de la “apropiación”. Según este planteamiento, la “represión” impuesta por el sistema es más sutil que, por ejemplo, la Inquisición española. En un primer momento, al sistema le basta con asimilar la resistencia mediante la apropiación de sus símbolos, la eliminación de su contenido “revolucionario” y la comercialización del producto resultante. Con este bombardeo de incentivos por sustitución se consigue neutralizar la contracultura de tal manera que el público ni siquiera llegue a conocer su origen revolucionario. Es sólo al fallar esta apropiación inicial cuando se recurre a una represión flagrante y la “violencia inherente al sistema” queda de manifiesto.

Al incorporar esta teoría de la apropiación, la contracultura se convierte en una “ideología total”, en un sistema de pnsamiento completamente cerrado, inmune a la falsificación, en el que cada supuesta excepción tan sólo confirma la regla. Los rebeldes contraculturales llevan muchas generaciones fabricando música “subversiva”, pintura “subversiva”, literatura “subversiva” y ropa “subversiva”, por no hablar de las universidades abarrotadas de profesores que propagan ideas “subversivas” entre sus alumnos. Curiosamente, el sistema parece aguantar bien tanta subversión. Pero, ¿cabe pensar que no sea tan opresor como lo pintan? “Ni mucho menos”, contesta el rebelde contracultural. “Ésa es la constatación de que el sistema es incluso más opresor de lo que creíamos. ¡No hay más que ver lo bien que asimila tanta subversión!”

Joseph Heath/Andrew Potter, Rebelarse vende, 2004

Odo Marquard – De “Felicidad en la infelicidad”

En la República Federal de Alemania, la inclinación al “no” se ve favorecida por el miedo al “sí”: porque bajo el dominio del nacionalsocialismo, en el segundo cuarto del siglo XX, durante doce años se dijo demasiado “sí” en Alemania, con el actual decir “no” se pretende recuperar el entonces rehusado decir “no”; con la resistencia a la no-tiranía se pretende suplir la no-resistencia a la tiranía. En esta desobediencia a posteriori se olvida fácilmente que, con anterioridad a los doce años de falso decir “sí”, en Alemania transcurrieron quince años de falso decir “no”: los años de la República de Weimar, que no sólo no fue ampliamente aceptada sino que fue negada, porque ya no era la monarquía, llorada por la derecha, y porque no fue la revolución, esperada por la izquierda, sino una república burguesa sostenida por el centro burgués y por el ala reformista del movimiento de los trabajadores.

“Una casa para el señor Biswas” – La épica del empecinamiento

Una casa para el señor Biswas, de V.S. Naipaul, es una historia insignificante protagonizada por un personaje insignificante en un lugar insignificante. Pero hay algo de epopeya en la lucha tenaz de Mohandas Biswas por llegar a poseer un lugar al que pueda llamar su casa. Como héroe, desde luego, está lejos de dar la talla: se trata de un individuo malhumorado, estrecho de miras, inepto y exasperante. Por si eso fuera poco, a lo largo de su vida todo conspira sin tregua contra él: la pobreza, la suerte, la tradición, la ignorancia. El hombre fracasa de mil y una maneras –todas ellas insoportablemente humillantes-, pero siempre se las arregla para ponerse de nuevo en pie y proseguir su batalla particular contra el destino sin rebajarse a cambiar de táctica: un paso adelante y dos atrás. En última instancia, tanta –y tan mal enfocada- tenacidad acaba por obtener su recompensa. Tardía, por descontado, y un tanto decepcionante. Como todo lo que uno se esfuerza más de la cuenta por alcanzar. En cualquier caso, al señor Biswas eso no parece importarle mucho. Tiene su casa. Su lugar en el mundo. Ya puede morir tranquilo. Eso, claro, es justamente lo que hace. Y aun después de muerto gana su último pulso: los dolientes abarrotan su vivienda durante todo un día y una noche; el suelo cruje, las escaleras se tambalean, el techo se comba. Pero la casa del señor Biswas resiste sin venirse abajo. Final feliz, pues. O algo parecido.

A. López-Peláez, julio de 2010