De “El legado de Humboldt”

por Antonio López-Peláez

Artaud, el dramaturgo, había invitado a los intelectuales más brillantes de París a una conferencia. Cuando se reunieron no leyó nada. Artaud se subió al escenario y les gritó como un animal salvaje.
            “Abrió la boca y chilló”, dijo Humboldt. “Soltó gritos horrísonos mientras los intelectuales parisinos permanecían sentados y asustados. Para ellos era un acto delicioso. ¿Y por qué? Artaud, como todo artista, era un sacerdote fallido. Los sacerdotes fracasados se especializan en la blasfemia. La blasfemia se dirige a una comunidad de creyentes. En este caso, ¿de qué clase de creencia? La creencia sólo en el intelecto, al que un Ferenczi ha acusado ahora de locura. ¿Pero qué significa en un sentido más amplio? Significa que el único arte que puede interesar a los intelectuales es un arte que celebre la primacía de las ideas. Los artistas deben interesar a los intelectuales, la nueva clase. Por eso la situación de la cultura y de la historia de la cultura se convierte en el tema del arte. Y por eso una refinada audiencia de franceses escucha respetuosamente a Artaud chillando. Para ellos el propósito exclusivo del arte es sugerir e inspirar ideas y discursos.”
Saul Bellow, El legado de Humboldt, 1973