Antonio López-Peláez – Un profeta olvidado

por Antonio López-Peláez

Piotr Tkachov fue el primero de los agitadores antizaristas en tomar conciencia de que en Rusia no se cumplía una de las condiciones fundamentales establecidas por Marx para el éxito de la revolución: la existencia de un proletariado fuerte y con raíces en el tejido social. La inmensa mayoría de la población rusa vivía del campo, y el campesinado siempre había constituido la clase conservadora por excelencia; a pesar de lo miserable de su situación, era reacio por naturaleza a cualquier forma de rebelión. No obstante, Tkachov también fue el primero en atreverse a desechar este condicionante. La revolución, resolvió, no podía esperar. La chusma analfabeta, como él la llamaba, tenía que ponerse a la tarea, de buen grado o por la fuerza, y aguijonearla sin tregua fue la tarea que se impuso a sí mismo. Las ideas de Tkachov fueron duramente criticadas por Engels y, en consecuencia, ignoradas y ridiculizadas por la intelligentsia revolucionaria del siglo XIX. Pero, contra todo pronóstico, su profecía terminó por hacerse realidad. En 1917 las masas sintieron la llamada de la historia y asumieron disciplinadamente su función de carne de cañón, aupando a los bolcheviques al poder. Por una vez, la chusma se mostró a la altura de sus redentores. Tkachov, sin embargo, no llegó a verlo. La sucesión de desastres en que invariablemente concluían todas sus iniciativas acabaron por llevarle al manicomio, donde murió, completamente enajenado, en 1886. Su nombre ni siquiera figura en la prolija  hagiografía bolchevique: esto habría deslucido el papel de Lenin como guía supremo del pensamiento revolucionario. Piotr Tkachov ha quedado reducido, en el mejor de los casos, a una nota a pie de página. Un destino ingrato para el único visionario certero en el tragicómico submundo revolucionario de hace dos siglos. En lo que respecta al pueblo ruso, objeto e instrumento de sus desvelos, no le quedaba –ni le queda- más recurso que repetir el ruego del Sanedrín: Que el Mesías llegue, pero no en mis días.