mercancía en desuso

Mes: mayo, 2010

A. López-Peláez – Candor de antaño

El mayor Peter Labelliere, conocido en la Inglaterra del siglo XVIII como patriota eminente y cristiano ejemplar, dejó expresado en su testamento el deseo de que se le diese sepultura cabeza abajo, explicando que “dado que en estos tiempos el mundo está patas arriba, resulta apropiado ser enterrado de modo que pueda pasar la eternidad en posición correcta y adecuada.”

Hoy en día, tal demanda habría sido considerada como una extravagancia senil y, por consiguiente, pasada por alto sin ningún miramiento. Pero los contemporáneos del mayor se tomaron el asunto perfectamente en serio y no dudaron en cumplir sus instrucciones al pie de la letra, enterrándole el 6 de junio de 1800 en Box Hill exactamente en el modo y manera que él había dispuesto. Eran, claro, otros tiempos.

William Carlos Williams – This is just to say…

…I have eaten
the plums
that were in
the icebox
 
and which
you were probably
saving
for breakfast
 
Forgive me
they were delicious
so sweet
and so cold

Antonio López-Peláez – Un profeta olvidado

Piotr Tkachov fue el primero de los agitadores antizaristas en tomar conciencia de que en Rusia no se cumplía una de las condiciones fundamentales establecidas por Marx para el éxito de la revolución: la existencia de un proletariado fuerte y con raíces en el tejido social. La inmensa mayoría de la población rusa vivía del campo, y el campesinado siempre había constituido la clase conservadora por excelencia; a pesar de lo miserable de su situación, era reacio por naturaleza a cualquier forma de rebelión. No obstante, Tkachov también fue el primero en atreverse a desechar este condicionante. La revolución, resolvió, no podía esperar. La chusma analfabeta, como él la llamaba, tenía que ponerse a la tarea, de buen grado o por la fuerza, y aguijonearla sin tregua fue la tarea que se impuso a sí mismo. Las ideas de Tkachov fueron duramente criticadas por Engels y, en consecuencia, ignoradas y ridiculizadas por la intelligentsia revolucionaria del siglo XIX. Pero, contra todo pronóstico, su profecía terminó por hacerse realidad. En 1917 las masas sintieron la llamada de la historia y asumieron disciplinadamente su función de carne de cañón, aupando a los bolcheviques al poder. Por una vez, la chusma se mostró a la altura de sus redentores. Tkachov, sin embargo, no llegó a verlo. La sucesión de desastres en que invariablemente concluían todas sus iniciativas acabaron por llevarle al manicomio, donde murió, completamente enajenado, en 1886. Su nombre ni siquiera figura en la prolija  hagiografía bolchevique: esto habría deslucido el papel de Lenin como guía supremo del pensamiento revolucionario. Piotr Tkachov ha quedado reducido, en el mejor de los casos, a una nota a pie de página. Un destino ingrato para el único visionario certero en el tragicómico submundo revolucionario de hace dos siglos. En lo que respecta al pueblo ruso, objeto e instrumento de sus desvelos, no le quedaba –ni le queda- más recurso que repetir el ruego del Sanedrín: Que el Mesías llegue, pero no en mis días.

A. López-Peláez – Otros tiempos

Jules Renard, a fines del siglo XIX, se burlaba ferozmente de autores como Mendès, Mirbeau, Raynaud o Lacour porque, según sus palabras, insistían en repetir la frase “Soy un rebelde” con el aire de un viejecito que acaba de hacer pipí sin demasiadas dificultades. Renard. Era inteligente, pero le faltaba astucia para intuir de dónde iba a soplar el viento. Afortunadamente para su obra. Y, con toda probabilidad, también para él mismo.

Del dietario de Josep Pla

El ataque más acusado y persistente formulado contra mí se ha basado en que soy un bohemio y un descuidado. Ahora bien: lo único que no soy ni he sido nunca es un bohemio y un descuidado. Todos los amigos que poco o mucho me conocen saben quién soy yo: un perfecto y auténtico burgués. Un burgués de clase media mezclado con un pequeño propietario rural. Más burgués que payés. Tengo todas las características del burgués. Ante todo, jamás he tenido deuda alguna. Luego, jamás le he pedido dinero a nadie: ni a los particulares, ni a los municipios, ni a la provincia, ni al Estado. Si en alguna ocasión he comprado algo, lo he pagado religiosamente. (…) He hecho cuantos favores me ha sido posible hacer, a petición de la gente. Afortunadamente, no he tenido ninguna pasión fuerte —travolgente, por decirlo en italiano—, ni con las mujeres, ni con el dinero, ni con los negocios, ni con cualquier tipo de fachendería. Lo único que he pedido es que me dejaran libre para poder escribir tal como yo veo las cosas, o sea, por placer. Las personas que escriben a través de la imaginación, sin saber nada de nada, producen papeles y libros retóricos; con frases recargadas y enroscadas, recurren a una gran cantidad de palabras para no decir nada. Yo soy partidario de la literatura de observación de la vida humana, de lo que tenemos delante. (…) Hay que escribir por imposición, que es lo difícil. Lo difícil es lo que cuenta. Aparte de esto, todo lo demás, por muy imaginativo que sea, son simples palabras, nada de nada. La realidad enorme, complicadísima que uno tiene delante: este es el problema. ¿Todavía quieren que sea más burgués? No he expuesto, ni mucho menos, todas las razones. Yo soy un puro burgués de formación y de gusto, doblado de un pequeño propietario rural cuya ignorancia es indiscutible.

De “Notes del Capvesprol”

A. López-Peláez – El arte de abrumar

Vikram Seth, Un Buen Partido, Compactos Anagrama

Una boda al comienzo y otra al final. Entremedias, mil cuatrocientas ochenta y ocho páginas de drama familiar, disputas jurídicas, reformas agrarias, comidillas literarias, amores contrariados, prejuicios religiosos, jornadas de caza, discursos parlamentarios, problemas generacionales, poemas románticos y barreras de casta. Todo ello relatado con morosidad y erudición por un narrador tolstoiano dispuesto a no ahorrar un solo detalle al lector. Y en la cabecera una sentencia de Voltaire: “El secreto de ser aburrido reside en tratar de contarlo todo.”