mercancía en desuso

Mes: abril, 2010

Jorge Luis Borges – Remordimiento por cualquier muerte

Libre de la memoria y de la esperanza,
ilimitado, abstracto, casi futuro,
el muerto no es un muerto: es la muerte.

Como el Dios de los místicos,
de Quien deben negarse todos los predicados,
el muerto ubicuamente ajeno
no es sino la perdición y ausencia del mundo.

Todo se lo robamos,
no le dejamos ni un color ni una sílaba:
aquí está el patio que ya no comparten sus ojos,
allí la acera donde acechó su esperanza.

Aun lo que pensamos
podría estarlo pensándolo él;
nos hemos repartido como ladrones
el caudal de las noches y de los días.

De Fervor de Buenos Aires (1923)

Antonio López-Peláez – Fugitivos del paraíso

Pocos mitos tan escandalosamente falsos como el del buen salvaje, y ninguno tan tenaz e impermeable al descrédito. Si existe tal cosa como la naturaleza humana, sin duda reside en la firme convicción de que el hombre es tanto más feliz y más fiel a sí mismo cuanto menos altera el medio en el que vive. Está, naturalmente, en Rousseau; pero también en Locke, en Américo Vespucio, en Fray Bartolomé de las Casas, en Ovidio, en Virgilio, en Platón, en Hesíodo, en el Génesis y en los Vedas. El hombre peca al romper el equilibrio primordial y debe cargar eternamente con la culpa. El mundo estaba bien hecho y nosotros fuimos –y somos- lo suficientemente arrogantes e inconscientes como para atrevernos a alterarlo. Jugar a ser Dios constituye el primero y el peor de los pecados. Y también el más inevitable: el hombre nace y se hace en el mundo y contra el mundo, en un pulso constante para vencer su inercia. Es la capacidad de modificar nuestro entorno lo que nos pone en pie y nos permite levantar la vista del suelo. Hobbes –en esto como en casi todo- tenía razón: la vida del hombre en su estado natural resulta solitaria, miserable, sucia, brutal y breve. Únicamente el alejamiento a marchas forzadas de la naturaleza y sus exigencias ha permitido alcanzar los asombrosos niveles de bienestar económico, social y político que se disfrutan de manera generalizada en la sociedad occidental. Esa carrera desbocada, no obstante, se ha cobrado un peaje: a medida que el vínculo con la tierra ha ido disolviéndose, el hombre se ha quedado cada vez más solo; hoy, mire a donde mire, la totalidad de lo que ve es un muestrario de productos de su propia actividad. Todo está pesado, medido, tasado, explotado, manipulado hasta extremos difícilmente asimilables. Hubo un tiempo en que nos sentíamos abrumados por un medio hostil y misterioso. Ahora, como señala Alain Frinkielkraut, el mundo ha dejado de ser un enigma para volverse un espejo. Ya no nos relacionamos con Lo Otro, sino sola y exclusivamente con nosotros mismos y nuestros artefactos. Y acusamos la pérdida. Aún no estamos tan embrutecidos como para no hacerlo. De ahí la fascinación por todo lo que, real o imaginariamente, nos remita a ese estado primigenio del que nos hemos esforzado tanto por escapar. Tan innato es el impulso de rebelarse ante lo dado como el de acatarlo. Ese estado de esquizofrenia permanente es nuestra seña de identidad. Somos un predador que añora un mundo despojado de sus huellas.

Mérida, abril de 2010.