Antonio López-Peláez – Las reglas del juego

por Antonio López-Peláez

Vivir en democracia permite –alienta incluso- manifestar abiertamente el descontento. La masa dócil que ayer se inclinaba al paso del autócrata hoy chilla y se exaspera ante la ineptitud de los gobernantes que ella misma ha escogido. François Furet considera característica del sistema democrático “la capacidad infinita de producir niños y hombres que detestan el régimen social y político en que nacieron, que odian el aire que respiran, aunque vivan de él y no hayan conocido otro”. La queja airada está bien vista. De hecho, resulta casi obligada por las normas de etiqueta social. Dos gigantes de los medios como Le Monde y France Culture redactaban así la convocatoria de un concurso literario para jóvenes: “Palabras de revuelta. Sitio a las palabras que expresan ruptura, palabras de movimiento y de rebelión, palabras de todos los que son capaces de enfrentarse con las prohibiciones y los estereotipos.” Ahora que déspotas y sacerdotes han perdido los espolones se multiplican los gestos de desafío. Quienes fijan las reglas ya no inspiran temor ni respeto. Son nuestros iguales, y todos nos sentimos obligados a hacérselo oír.

Y, sin embargo, algo falla. El estanque se traga la piedra sin producir una sola onda en el agua. Nada, ni nadie, se sale de sus raíles, y lo poco que cambia lo hace por puro desfondamiento. El ruido, a la postre, no es más que ruido. Molesto a veces, pero en esencia tranquilizador. Señal de que la maquinaria sigue funcionando. En el fondo –y a menudo también en la superficie-, gobernantes y gobernados se necesitan desesperadamente. Se hacen el trabajo sucio entre sí, y eso crea un vínculo indestructible. También, es cierto, un odio enfermizo. Pero se aprende a vivir odiando. De hecho, hay quien ya no sabe hacerlo de otra manera.