mercancía en desuso

Mes: marzo, 2010

Antonio López-Peláez – Las reglas del juego

Vivir en democracia permite –alienta incluso- manifestar abiertamente el descontento. La masa dócil que ayer se inclinaba al paso del autócrata hoy chilla y se exaspera ante la ineptitud de los gobernantes que ella misma ha escogido. François Furet considera característica del sistema democrático “la capacidad infinita de producir niños y hombres que detestan el régimen social y político en que nacieron, que odian el aire que respiran, aunque vivan de él y no hayan conocido otro”. La queja airada está bien vista. De hecho, resulta casi obligada por las normas de etiqueta social. Dos gigantes de los medios como Le Monde y France Culture redactaban así la convocatoria de un concurso literario para jóvenes: “Palabras de revuelta. Sitio a las palabras que expresan ruptura, palabras de movimiento y de rebelión, palabras de todos los que son capaces de enfrentarse con las prohibiciones y los estereotipos.” Ahora que déspotas y sacerdotes han perdido los espolones se multiplican los gestos de desafío. Quienes fijan las reglas ya no inspiran temor ni respeto. Son nuestros iguales, y todos nos sentimos obligados a hacérselo oír.

Y, sin embargo, algo falla. El estanque se traga la piedra sin producir una sola onda en el agua. Nada, ni nadie, se sale de sus raíles, y lo poco que cambia lo hace por puro desfondamiento. El ruido, a la postre, no es más que ruido. Molesto a veces, pero en esencia tranquilizador. Señal de que la maquinaria sigue funcionando. En el fondo –y a menudo también en la superficie-, gobernantes y gobernados se necesitan desesperadamente. Se hacen el trabajo sucio entre sí, y eso crea un vínculo indestructible. También, es cierto, un odio enfermizo. Pero se aprende a vivir odiando. De hecho, hay quien ya no sabe hacerlo de otra manera.

Rudyard Kipling – La puerta de las cien penas

Esto no es obra mía. Me lo contó todo mi amigo Gabral Misquitta, el mestizo, entre la puesta de la luna y el amanecer, seis semanas antes de morir; y mientras respondía a mis preguntas anoté lo que salió de su boca. Fue así:
Se encuentra entre el callejón de los orfebres y el barrio de los vendedores de boquillas de pipa, a unos cien metros a vuelo de cuervo de la mezquita de Wazir Jan. Hasta ahí no me importa decírselo a cualquiera, pero lo desafío a encontrar la puerta, por más que crea conocer bien la ciudad. Uno podría pasar cien veces por ese callejón y seguir sin verla. Nosotros lo llamábamos “el callejón del Humo Negro”, aunque su nombre nativo es muy distinto, claro está. Un asno cargado no podría pasar entre sus paredes, y en un punto del paso, justo antes de llegar a la puerta, la panza de una casa te obliga a caminar de lado.
En realidad no es una puerta. Es una casa. Primeramente fue del viejo Fung-Tching, hasta hace cinco años. Era un zapatero de Calcuta. Dicen que mató a su mujer estando borracho. Por eso cambió el ron de bazar por el Humo Negro. Luego se marchó al norte y abrió la Puerta, una casa donde se podía fumar en paz y tranquilidad. Ten en cuenta que era un fumadero de opio respetable, auténtico, no uno de esos tugurios malolientes, esos chandoo-khanas que hay por toda la ciudad. No; el viejo conocía bien su negocio y era muy limpio para ser chino. Era un hombre tuerto y bajito, no medía más de metro cincuenta, y le faltaba el dedo corazón de las dos manos, a pesar de lo cual era uno de los hombres más hábiles para amasar las píldoras negras que he visto en mi vida. No parecía afectarle el Humo, y eso que fumaba sin parar día y noche, noche y día. Yo llevo en esto cinco años, y puedo medirme con cualquiera, pero en comparación con Fung-Tching era un niño. En todo caso, el viejo se preocupaba mucho por su dinero, muchísimo, y eso es lo que no alcanzo a comprender. Oí decir que dejó unos buenos ahorros al morir, y su sobrino se quedó con todo; el viejo volvió a China para ser enterrado en su país.
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George Orwell – Matar un elefante

En Moulmein, en la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas; se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante importante para que me ocurriera eso. Era subcomisario de la policía de la ciudad y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento antieuropeo era enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por todas partes, los insultos que me proferían cuando estaba a suficiente distancia, me alteraron los nervios. Los jóvenes monjes budistas eran los peores. En la ciudad los había a millares y ninguno parecía tener más ocupación que apostarse en las esquinas y mofarse de los europeos.
Todo esto era desconcertante y molesto. Por aquel entonces yo había decidido que el imperialismo era un mal y que cuanto antes me deshiciera de mi trabajo y lo dejara, mejor. En teoría — y en secreto, por supuesto — estaba totalmente a favor de los birmanos y totalmente en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con mayor encono del que tal vez logre expresar. En una ocupación como ésa se presencia de cerca el trabajo sucio del imperio. Los desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de los calabozos, los rostros grises y atemorizados de los convictos con condenas más largas, las nalgas laceradas de los hombres que han sido azotados con cañas de bambú; todo eso me oprimía con un insoportable cargo de conciencia. Pero no podía ver la dimensión real de las cosas. Era joven, no tenía muchos estudios y me había visto obligado a meditar mis problemas en el absoluto silencio que le es impuesto a todo inglés en Oriente. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, y menos aún que es muchísimo mejor que los imperios más jóvenes que van a sustituirlo. Todo cuanto sabía era que me encontraba atrapado entre el odio al imperio al que servía y la rabia hacia las bestiecillas malintencionadas que intentaban hacerme el trabajo imposible. Una parte de mí pensaba en el Raj británico como en una tiranía inquebrantable, un yugo impuesto por los siglos de los siglos a la voluntad de pueblos sometidos; otra parte de mí pensaba que la mayor dicha imaginable sería hundir una bayoneta en las tripas de un monje budista. Sentimientos como éstos son los efectos normales del imperialismo; que se lo pregunten si no a cualquier oficial angloindio, si se lo puede pescar cuando no está de servicio.
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